¿Venezuela? Entre misivas

Luis Beltrán Guerra G.

El filósofo surcoreano “Byung-Chul Han” ha escrito con respecto a la determinante influencia en la vida humana de “la cibernética”, a la cual, Platón, por cierto, definió como “el arte de dirigir a los hombres”. Lo que es lo mismo, “la destreza para gobernarlos”.

Se lee que en 1787 el británico Edmund Burke acoto en un discurso en la “Cámara de los Comunes”, que estaban presentes en el Parlamento el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero en “la tribuna de prensa” “el cuarto poder”. Por tanto, desde centurias, el mundo abrazado por una triada de poderes formales. Y un número cuatro que la propia humanidad ha creado. Y sin la rigurosidad de los anteriores.

El académico, cabe preguntarse si habrá considerado que en América Latina y en la Central se ha generado “una ola de regímenes políticos atípicos”, dudándose si “la atipicidad” es hereditaria o nos habituamos a ella, por haber seguido al presunto primer “precursor”, quien en la mayoría de los casos pareciera que lo único de ello lo que porta, al final del capítulo, es “la casaca”. El odio es mutuo entre los 3 poderes formales y los periódicos, sin importar si electrónicos o no. En México, Nicaragua y El Salvador, entre otros, las pautas parecieran guardar cierta similitud con la apreciación del jurista italiano Santi Romano: “Nosotros sabemos que, bajo la amenaza de la Ley estatal, existen muchas veces asociaciones turbias cuya organización se podría considerar análoga, en menor escala a la del Estado”. Apreciación que recoge Diego Gambeta en su libro “La mafia siciliana”. Es duro decirlo y en pleno siglo XXI.

Mención particular merece Venezuela, en medio de “un cruce de misivas”. Preguntar cuál es “la carta buena”, si aquella dirigida a Joe Biden para la atenuación de “las medidas económicas restrictivas”, pues sus efectos recaen mínimamente en el gobierno y máximamente en el pueblo. Sus firmantes, especialistas serios, entre ellos, José Guerra y Francisco Rodríguez, pero han sido atacados como “vendidos al régimen”, esto es, con lo que el filósofo “Han” llama “infocracia”. El substratum, en la segunda “letter del epíteto” roza al “delincuente nato”, el de “la fosa occipital hundida”, de Cesare Lombroso, o sea “psicópatas incapaces de sentir piedad”. Para algunos “la pena de muerte” encuentra justificación en esta postura. En la segunda misiva, “primero muerto que cadáver”. Pues con delincuentes natos no se negocia, ha de apresárseles antes y guillotinárseles. Y el país que se fuña, pareciera la respuesta de los cultores de la primera comunicación, a la cual, como se dice, apoyan la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción, presidida por Carlos Fernández y la Asociación Bancaria de Venezuela, por el dinámico banquero José María Nogueroles. Se observa, asimismo, con respecto a la anuencia de políticos.

Adicionalmente, “una marejada de gobiernos suigéneris”, cuyos mentores autocalifican de “socialistas”, cobijándose en la bandera de atender las falencias humanas, hoy unas cuantas. Mencionar “el comunismo” y al “socialismo” supone, cuanto menos, leer algunas de las páginas de la Revolución Rusa, que ilustran acerca de la lucha para pronunciar con seriedad tales concepciones, así como para ensayarlas. Pero también las célebres palabras “Perestroika y Glasnost” de Gorbachov, indudablemente históricas. Al igual que los vocablos “derecha e izquierda”, evidencia de lo cual es el reciente foro del Interamerican Institute for Democracy, con especialistas bien seleccionados. Las menciones “comunismo, socialismo, derecha, izquierda y centro” han quedado como “reminiscencias” de hechos históricos y de filósofos de primera clase, usadas al voleo y sin raigambre en lo que verdaderamente fueron. En aras de la verdad de lo qué somos y como actuamos pareciera más saludable preguntarnos ¿Por qué los venezolanos votamos por Chávez, los chilenos por Boric y por cuales razones los colombianos lo harán por Petro. En el gigante suramericano, Brasil, perdemos el tiempo calificando a Bolsonaro de “derecha”, particularmente, si tomamos en cuenta que Lula, tildado de izquierda, ha decidido que lo acompañe en la dupla para la presidencia a Gerardo Alckmin, reconocido como ultraderechista. Da la impresión de que el fundador del Partido de los Trabajadores haya escuchado que a “la política la invento el diablo”.

Para Taurus, editora del libro de Han, “la digitalización” es indetenible y la vida camino inexorablemente a ser otra, con la gravedad de que no sabemos qué hacer. Proseguimos, señala el filósofo, aturdidos por “el frenesí informativo”, que se ha apoderado, inclusive, de la esfera política alterando el proceso democrático. La democracia, para el surcoreano, quien es profesor en la Universidad de Berlin, está degenerando en “infocracia”.

Acudamos al realismo mágico de García Márquez en “El coronel no tiene quien le escriba”, para, tal vez, identificarnos con aquel cándido guerrero traicionado por todos sus cercanos, por la compra que de sus conciencias hace el gobierno, rezando para que en la Venezuela del Siglo XXI sea un sincero Aureliano Buendía quien nos interprete con sinceridad y que no sea tan largo el plazo como los “Cien años de soledad” que el sabio Gabo nos dejó a manera de evidencia de los que fuimos y podemos seguir siendo. A pesar de que al novelista le costaría salir del asombro de que en el siglo XXI, por lo menos, Venezuela, recibe sus misivas.

Tal vez, una recomendación para quienes suscriben “la carta a Biden” pudiera pasar por la lectura de “El Arte de la Estrategia”, de Sun Tzu.

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