¿Se encamina la Cumbre de las Américas hacia un fracaso?

Ricardo Israel
¿Se encuentra el futuro de la Cumbre en su pasado?
La novena Cumbre de las Américas debiera inaugurarse el lunes 6 de junio en Los Ángeles, California. Hoy, al igual que muchas otras reuniones internacionales, nada importante se espera de ella, y aún peor, se lucha para evitar un gran fracaso.

No solo por el escenario de un grupo de jefes de Estado y de gobierno que han anunciado que no asistirán como protesta por la decisión de la Casa Blanca de retirarle la invitación a Cuba, Venezuela y Cuba, toda vez que el tema central iba a ser la Democracia, escenario impensado hace pocos años para la que todavía es una superpotencia, y peor para su prestigio sería que fuera cierto lo dicho por el senador Rubio, que su debilidad la llevaría a invitar a un representante gubernamental de Cuba para disminuir la hostilidad.

Aunque suene raro, esa sería la salida “elegante”.De hecho, el fracaso ya existiría toda vez que nada parece indicar que se esté ni remotamente cerca de cumplir con lo que el Departamento de Estado manifestó al hacer la convocatoria hace algún tiempo:” El éxito de la cumbre dependerá de la adopción de una agenda ambiciosa y orientada a la acción”, es decir, exactamente lo que ya no ocurrió y menos aún en un mundo post invasión de Ucrania y el consiguiente cambio en las prioridades internacionales.

Así es. Todo indica un escenario de irrelevancia creciente al no tener ni proyecto ni liderazgo, lo que contrasta fuertemente con las altas expectativas que rodearon la primera que tuvo lugar en Miami, en diciembre de 1994, con Clinton convocando, aunque su origen estuvo realmente en el gobierno que le antecedió.

Así fue, ya que el presidente Bush padre presentaba la Iniciativa para las Américas, como “un programa para promover el comercio, la inversión, el crecimiento y la protección del medio ambiente en América Latina y el Caribe” a través de un proyecto de ley enviado al Congreso en 1991. La iniciativa fue bien recibida en la región ya que hablaba de reducción de la deuda, inversión y levantamiento de barreras comerciales, aunque permaneció muy desconocida para el debate interno de USA, quizás por el fuerte desinterés de los medios de comunicación de la potencia. Tiempo después, seria América Latina la que perdería interés en un proyecto común, salvo los países que llegaron a acuerdos bilaterales y tratados de libre comercio.

En todo caso, fue importante para la convocatoria que haría el presidente Clinton para la primera Cumbre, y en un foro reciente del 18 de mayo (“Cumbre de las Américas: Historia y Actualidad”), Richard Feinberg, uno de sus organizadores recordaba -también cambio de época- la influencia de la diplomacia argentina de aquel entonces para este tipo de ideas. Era, en todo caso, otra época. Era un Estados Unidos lleno de iniciativa y disfrutando de su rol de única superpotencia. En Miami se aprobaron 59 mandatos basados en 23 temas, y la declaración de principios recogió casi palabra por palabra la iniciativa de Bush padre, a través de un pacto para el desarrollo y la prosperidad, basado en el fortalecimiento de una comunidad de democracias.

Eran días donde había una sola dictadura, y predominaba la idea que ya no regresaría el autoritarismo militar como también que la cubana desaparecería pronto al no tener el respaldo de una URSS que ya no existía. China era por lo demás, un actor secundario en el escenario internacional como también en la región. Por lo tanto, se proponía que en las cumbres siguientes se debatiera un temario que incluya al menos justicia, estado de derecho, seguridad de las personas, seguridad hemisférica, comercio, estabilidad financiera e infraestructura.

Todo lo que ha rodeado la realización de esta novena cumbre hace mirar con nostalgia a las declaraciones oficiales de la primera, donde se hablaba de un pacto para el desarrollo y la prosperidad a través de la democracia y el libre mercado, elementos que hoy cuentan con creciente oposición en América Latina y el Caribe, no solo entre los gobiernos, sino en el electorado, como lo demuestran elecciones recientes. Mirando hacia atrás, también fue una oportunidad desaprovechada, una más en la historia, tanto por la región como por Estados Unidos.

Los 90s fueron también una época de optimismo, donde Fukuyama recuperaba la noción hegeliana del fin de la historia, y por la reacción de la elite, sorprendentemente muchos le creían. Por su parte, al internet solo se le veían los rasgos positivos, y todavía no aparecían en el debate sus rasgos más problemáticos y obscuros. La región también hablaba del encuentro de dos mundos con España, que además aportaba dinero e institucionalidad para un ibero americanismo que ya se olvidó ante la fuerza del indigenismo.

Al respecto, la pregunta es hoy una sola: ¿cómo se hace para no seguir cometiendo errores y aprender de ellos?

No hay duda de que las Cumbres se han ido desperfilando, proceso que ya comenzó en 1998 con la segunda, que tuvo lugar en Chile como también que es difícil hoy que alguna Cumbre internacional produzca resultados estimulantes, como lo demostró el fracaso de la última del cambio climático en Glasgow. Hay, al respecto, responsabilidad compartida entre América Latina y el Caribe, por un lado, y Estados Unidos, por el otro. USA no ve (casi) nada relevante para ella que no sea la negatividad de drogas e inmigración ilegal, y América Latina no ha hecho nada con la autonomía reclamada desde Obama, en el sentido que quería resolver más bien sola sus conflictos.

Hoy, existe un doble problema, para el cual no hay buenas buenas respuestas, por un lado, la democracia no se ha fortalecido, ya que las dictaduras siguen aumentando, y los vientos electorales no parecen estar favoreciendo a los demócratas más confiables. Y por el otro, en cuanto al modelo de desarrollo, China tiene una presencia cada vez más fuerte, y Estados Unidos parece no estar dándose cuenta de ello como también el interés de la región es ir hacia una mayor cercanía con el gigante asiático, cada vez un socio comercial y financiero más relevante. De hecho, en el boicot que hoy está padeciendo la Casa Blanca, es poco probable que se le haga algo similar a China, si la invitación viniera de Pekín.

Todo parece indicar que, a pesar de su larga experiencia personal, la Casa Blanca de Biden ha mostrado hacia América Latina falta de experticia y exceso de wokismo en su mirada, pero para la región el problema sigue siendo como hacer que Washington tenga un mayor interés, falta de coordinación también demostrada en el abandono de ambos de la crisis de Haití.

Es también un mundo post Ucrania, donde las opciones que parecen estar tomando no solo muchos gobiernos sino también los electorados, dan la impresión que América Latina y el Caribe van camino a equivocarse una vez más en relación a lo que está pasando, ya que todo apunta a que sus decisiones políticas y económicas están alejando a la región de poder aprovechar las oportunidades que se están ofreciendo en relación a la producción agrícola y a la energía, dada la suma de las sanciones a Rusia en ambos campos y la disminución de la producción ucraniana en el primero.

Por su parte, USA parece no estar del todo consciente que ya no es la única superpotencia y cuan profundo es el desafío chino a todo nivel.

En 1994 Washington disfrutaba de estar en la cima, hoy parece estar negociando con Maduro en el tema energético y con La Habana en el inmigratorio, como si no hubiera reconocimiento más claro de su actual inseguridad, y es difícil esperar que se le tenga mayor respeto, si está demostrando no tenerlo por sí misma.

Sobre todo, el futuro de las Cumbres de América parece estar en mirar a su pasado, no para repetir un fracaso evidente, sino en la metodología, ya que para mirar al futuro hay que mirar primero al pasado, fundamentalmente para retomar la agenda, no por nostalgia hacia un pasado que ya no existe y un arcoíris que hace mucho tiempo que se desvaneció, sino para retomar la idea que primero que todo se necesita un proyecto que las justifique y que hoy no existe, y también un liderazgo del que hoy se carece, tanto en Estados Unidos como en América Latina y el Caribe.

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