Repensar la educación: debate ausente

No es que sea poca cosa encontrar paliativos para una educación argentina que muestra graves falencias; pero el desafío consiste en pensar una educación que contemple las necesidades propias de lo que viene y no en reparar algo que ya no funciona.

Si tuviéramos más días de clase, sin huelgas docentes, sin ausentismo, con más estudiantes que comprendieran problemas matemáticos y pudieran interpretar textos, y un aumento del número de graduados actuales universitarios, aún así no tendríamos ningún logro significativo que apunte a un sistema educativo para el siglo XXI.

No es que sea poca cosa encontrar paliativos para una educación argentina que muestra graves falencias; pero el desafío consiste en pensar una educación que contemple las necesidades propias de lo que viene y no en reparar algo que ya no funciona.

Santiago Bilinkis acaba de publicar “Pasaje al futuro”, con un capítulo dedicado a la educación (Reinventando la educación), que constituye un provocativo aporte al análisis de la educación del futuro, en una línea muy similar a “Yo que sé (#YQS)”, de Juan María Segura.

Quizás la clave para aproximarse al tema sea la distinción que Bilinkis hace entre el crecimiento lineal y el exponencial: la principal diferencia entre el cambio lineal y el exponencial es que, en el primero, el pasado es “un buen predictor sobre lo que sucederá en el futuro”, dice. En cambio, el fenómeno exponencial es contra-intuitivo y lo peor que podemos hacer es intentar predecirlo en base a nuestra experiencia previa. Al señalar el crecimiento exponencial de la información, la revolución que produjo y los cambios que ha originado en todos los órdenes, la historia ilustra una realidad obvia para todos: el mundo cambió mucho; la escuela, casi nada.

La educación requiere un factor anticipatorio -o por lo menos, de actualización- a un mundo cuya características nos son todavía difíciles de caracterizar, pero que sin duda será irreversible y donde, con toda seguridad, ingreso y trabajo han dejado de ser dos caras de la misma moneda.

Traer la educación al siglo XXI es uno de los proyectos más complicados y prioritarios que enfrentamos, donde lo más desafiante es adelantar el futuro. Pero donde lo menos que podemos esperar es adaptarlo a las circunstancias actuales.

Más del 60% de los estudiantes de hoy ejercerán tareas que hoy no existen y las mayorías de las profesiones actuales tienen más del 90% de probabilidades de desaparecer en una década. Y sin embargo, el sistema educativo actual- aun sin considerar sus falencias- es casi idéntico al de nuestro abuelos.

La educación estaba basada en un docente que transmite información en el aula. En una época donde el costo de acceder a esa información es cercano a cero, la educación debiera prestar más atención a crear habilidades y ejercitar en ellas a los estudiantes.

Lo que necesitamos reflexionar es qué enseñar, cómo enseñar y con quiénes enseñar: cuáles son los objetivos, las habilidades y las aptitudes que debiéramos formar en los estudiantes para un mundo como el actual y adecuada a la velocidad de los cambios.

Nadie lo sabe con certeza, pero es imprescindible abocarse a este problema, aún con las trabas propias de las dudas, para plantearse medidas de fondo. Tal vez, lo más apropiado sea identificar las barreras y dificultades, proponer la discusión y aumentar el número de las voces que piden por este cambio.

Entre las trabas a enfrentar, la brecha generacional (entre docentes y alumnos y aún entre padres e hijos), tal vez sea la más relevante y el primer paso podría ser capacitar a los futuros capacitadores.

El apego a lo que nos es familiar, la resistencia al cambio sería otro factor decisivo a contemplar: todo cambio asusta y provoca una importante sensación de pérdida y seguridad. Y en cuanto a la decisión del cambio, el enfoque de la política, siempre coyuntural y poca afecto a los plazos largos tampoco ayuda.

A partir del fácil acceso actual a la información, la labor docente puede dirigirse a fomentar el pensamiento crítico y desarrollar aptitudes de conceptualización más profundas: encontrar la información relevante, validar las fuentes y organizar. Una tarea inmediata es poner al alcance de los docentes y del público en general, las fuentes posibles de actualización permanente, que les permitan aportar al sistema educativo, de una manera eficaz y provechosa. Generar preguntas, perder el temor al error y la reverencia a la hipotética respuesta única.

Bilinkis afirma que es difícil que el paradigma surja sin pasar por una crisis profunda, una ruptura. La situación actual de la educación argentina podría brindarnos esa oportunidad, pero el desafío requiere de una construcción colectiva.

Guillermo Lousteau Heguy es Director Ejecutivo del InterAmerican Institute for Democracy, EE.UU.

Publicado por Clarin el viernes 9 de junio, 2017 

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