QUINIENTOS AÑOS DE LA REFORMA

Los centenarios rara vez nos comunican algo más que el paso del tiempo sobre una fecha que fue relevante.

Los centenarios rara vez nos comunican algo más que el paso del tiempo sobre una fecha que fue relevante. Existen, por supuesto, excepciones. Es el caso de la Reforma protestante que, de manera convencional, se considera iniciada con la fijación de las 95 tesis sobre las indulgencias redactadas por Martín Lutero sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg. Lutero no pretendía enfrentarse con la iglesia católica y, de hecho, la entrada de la iglesia era simplemente el tablón de anuncios de la universidad. Intentaba discutir académicamente el problema de la mercantilización del cristianismo. Fue excomulgado y se salvó por muy poco de convertirse en un montón de pavesas. Con todo, el hecho de que la Reforma no fuera sofocada por las hogueras de la Inquisición y de que sus hijos espirituales persistan hasta la actualidad indican que hay más que un aniversario. Por si fuera poco, en el caso de Hispanoamérica – y de la Europa católica – la Reforma sigue ofreciendo motivos para la reflexión y para enfrentarse con desafíos nunca resueltos. La Reforma implicó un regreso a la Biblia que derivó directamente en las traducciones del texto sagrado al lenguaje vulgar en Alemania, España, Inglaterra, Italia, Portugal, Francia o Polonia, entre otros lugares. Significó también el situar a Cristo en el centro de la vida espiritual desplazando la pléyade de mediadores que el catolicismo medieval había colocado y que siguen, a día de hoy, todavía situados entre Dios y los hombres. No menos importante es que la Reforma desproveyó de sentido mercantil a la salvación insistiendo en que se trataba de un regalo de Dios ganado por Cristo en la cruz y que frente a esa oferta sólo cabía rechazarlo o aceptarlo, pero nunca comprarlo o merecerlo. Sin embargo, la Reforma no se limitó a cuestiones espirituales y, de hecho, cambió la Historia. Por ejemplo, en 1536 creó la primera escuela obligatoria, pública y gratuita de la Historia universal y lo hizo porque se puede ser católico, analfabeto y llegar a los altares – san Martín de Porres es un claro ejemplo – pero un protestante que debe meditar a diario en la Biblia, necesariamente tiene que saber leer y escribir. También el apego a las Escrituras provocó que en el campo de la Reforma naciera la Revolución científica. Del método de observación de Bacon a Isaac Newton pasando por Kepler, Faraday, Linneo o Dalton, la Historia de la ciencia es una Historia teñida de protestantismo. Como señaló John Hulley, el 86 por ciento de los premios Nobel científicos de 1901 a 1990 eran protestantes (64 %) o judíos (22%), judíos, por cierto, formados en naciones protestantes. Pero la Reforma no sólo revolucionó la educación y la ciencia. Hizo lo propio con la economía. Aparte de la visión bíblica del trabajo – tan distinta de la hispano-católica – creó una cultura financiera que permitió a pequeñas naciones como Holanda e Inglaterra derrotar al poderoso imperio español. La altiva España tenía los metales preciosos de las Indias; sus enemigos protestantes, el know how financiero. Ya sabemos cómo acabó todo. Por añadidura, la Reforma estableció el principio de la supremacía de la ley – algo obligado porque, por ejemplo, el distanciamiento de la Biblia protagonizado por el papado lo privaba de legitimidad – y, de manera muy especial, concibió la separación de poderes como instrumento indispensable para evitar que los sistemas políticos derivaran en tiranía impidiendo el ejercicio de las libertades individuales. No deja de ser significativo que en la correspondencia de los Padres fundadores de los Estados Unidos se citara con profusión la Biblia y, de manera destacada, el pasaje del profeta Jeremías que señala que el corazón humano tiende a engañar a los demás y a engañarse a si mismo. Lejos de profesar el optimismo de nuestras constituciones hispanas, los teóricos protestantes no se hacían ilusiones sobre una naturaleza humana tocada por el pecado. Para salvaguardarse de ella, el poder tenía que dividirse y vigilarse recíprocamente. Con seguridad, esa circunstancia explica, por ejemplo, porque Estados Unidos no ha padecido jamás dictaduras fascistas, militares o comunistas. Si bien se reflexiona y más allá del mensaje que insta a todos los seres humanos a descubrir a Dios en la Biblia, a recibir la salvación obtenida por Cristo en la cruz y a colocar a Jesús como el centro de la vida espiritual, la Reforma presenta una enorme actualidad para aquellas naciones como las nuestras que nunca se vieron afectadas por sus valores concretos extraídos directamente de las Escrituras. La visión positiva del trabajo y de las finanzas, la insistencia en la educación y la investigación científica, la supremacía de la ley y la división de poderes y la negación de que conductas como la mentira o el hurto sean simples pecados veniales continúan siendo asignaturas pendientes. No estaría de más que en este quinto centenario de la Reforma decidiéramos incorporar esos valores a nuestras culturas nacionales.  Sería, sin duda, la mejor manera de abordar el aniversario.

César Vidal es historiador y escritor; tiene doctorados en Historia, Derecho, Filosofía y Teología y es miembro del Directorio del Interamerican Institute for Democracy y de la Academia norteamericana de la lengua española.

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