¿QUÉ SUCEDE EN ESPAÑA? (II):  La desastrosa política económica de Rajoy y Montoro

Un análisis de la situación actual del gobierno Español (II)

Como señalé en la entrega anterior, Rajoy encontró una España penosa fruto de la acción de ZP, pero dispuesta aún a otorgar una confianza aplastante a alguien que la sacara de esa situación.  Tras de si, Rajoy deja una España angustiosamente frágil.  Situada al borde del abismo, corre un peligro nada imaginario de que le den el último empujón.  A esa situación se ha llegado porque a las traiciones ideológicas de Rajoy se ha sumado la actuación nefasta de su ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Son millones los españoles – y no exagero – que consideran que, entre los efectos positivos de la caída de Rajoy, está la desaparición de Cristóbal Montoro, el Ministro de Hacienda y Administraciones Públicas.  Razones para pensar así les sobran porque Montoro ha sido un claro exponente de la traición a los votantes, de la mala gestión y de la corrupción que han terminado con el gobierno Rajoy.  Permítaseme dar algunas pinceladas para que se comprenda lo rotundo de mi afirmación.

En noviembre del año 2011, el Partido Popular consiguió llegar al Gobierno español con una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados.   Según el programa electoral del Partido Popular, se iba a impulsar una bajada de impuestos combinada con un fuerte control del gasto público para favorecer la estabilidad presupuestaria y promover la confianza de los inversores externos.  Las promesas no podían ser más adecuadas ni más sensatas, pero, en lugar de llevar a cabo esas medidas, Montoro optó por brutales subidas impuestos en un contexto en el que la cifra oficial de desempleo era del 22,85%.

De hecho, Montoro llevó a cabo esa traición al programa electoral con extraordinaria celeridad.  Juzgue el lector.  El gobierno de Rajoy tomó posesión el 21 de diciembre de 2011 y el 30 de diciembre ya anunció escalofriantes subidas de impuestos que recayeron fundamentalmente sobre las clases medias.

Mientras anunciaba que era “temporal” y como “recargo de solidaridad”, Montoro impuso un incremento de impuestos a la rentas de trabajo a través del IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas) y los rendimientos del capital en la cuota estatal. El IRPF se incrementó con una gravamen complementario desde el 0,75% hasta el 7% según los diferentes tramos en la base imponible.  En paralelo, las rentas del ahorro se vieron fiscalizadas con un aumento en el gravamen desde el 2% hasta el 6%.  En sólo un año, el gobierno de Rajoy subió los impuestos o creó otros nuevos más de cincuenta veces.  Rajoy se llama de segundo apellido Brey y los españoles comenzaron a decir que aquella subidas de impuestos eran las “cincuentas sombras de Brey”.

De manera bien reveladora, Montoro impuso subidas de impuestos que superaban las propuestas por los comunistas de IU.  Incluso se jactó de haber “desconcertado” a la izquierda.  No era para menos porque exigía mucho más que los comunistas, pero todavía mayor fue el desconcierto entre los votantes del PP.

En paralelo a las cincuenta sombras de Brey se impulsó una subida del IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles) a las viviendas que estuvieran por encima del valor medio tomando por referencia el valor catastral de cada municipio.  En septiembre de 2012, a lo anterior se sumó la subida del tipo general del IVA (Impuesto sobre el valor añadido) que pasó del 18% al 21% mientras el tipo reducido se elevaba del 8% y el 10%.   Además, tuvo lugar una reclasificación de productos y servicios gravados por este impuesto.  En el caso de teatros, cines y demás espectáculos, por ejemplo, pasaron a tributar al 21%, una medida que arrancó 15.000 millones de euros más al año de los bolsillos de los contribuyentes.

Por si todo lo anterior fuera poco, se aprobó en enero de 2015 la eliminación de la deducción por amortizaciones a las grandes empresas y un gravamen del 5% para el incremento del valor de los activos.  Por lo que se refiere a los impuestos indirectos, subieron los relacionados con el tabaco y el alcohol, el gasóleo profesional, el llamado impuesto al sol, la lotería y las bebidas azucaradas.  A nadie le puede sorprender que todas estas medidas provocaran un aumento del paro en España que se cifró en nuevos millones de desempleados.  Para colmo, las medidas no equilibraron las cuentas nacionales. De hecho, Montoro fracasó estrepitosamente en esas cuestiones.

Tras más de tres años creciendo a un ritmo del 3% anual, el año 2017 cerró con un déficit del 3,07% en el conjunto de las administraciones públicas, siendo España el único país de toda la Unión Europea que aún se encuentra dentro del Protocolo de Déficit Excesivo.  Mucho peor si cabe es el caso de la deuda pública. Si en el año 2011, España cerró con una deuda pública del 69,50% – 743.530 millones de euros – Montoro ha dejado tras de si una deuda pública de 1,14 trillones de euros (24.583 euros por habitante), lo que representa el 98,30% del PIB.  Todo ello, por supuesto, aceptando que las cifras oficiales sean ciertas lo que resulta más que discutible ya que tasaciones independientes hablan de una deuda real de no menos del cuarenta por ciento del PIB.

Todos estos extremos justificarían de por si el abandono que Rajoy y el PP sufrieron a manos de los votantes.  Sin embargo, es imprescindible señalar que todos ellos se vieron agravados desde 2012 por la corrupción rampante del PP. Dedicaré a ese tema la próxima entrega, pero, de momento, permítanme continuar con el ministro Montoro que ha estado implicado de manera más que directa en asuntos que trasminan un pesado olor a corrupción.

Nada más llegar al poder, Montoro dictó una amnistía fiscal que permitió eludir la acción de la justicia a millares de delincuentes fiscales.  Políticos, banqueros, empresarios pudieron escapar de ser procesados por delito fiscal mediante el expediente de pagar a Hacienda un diez por ciento de lo evadido. En otras palabras, acciones que hubieran podido lanzarlos a prisión más penas y multas que superarían el doscientos por ciento de la cifra defraudada acabaron concluyendo en una cantidad inferior a la derivada de haber pagado los impuestos en tiempo y forma.  Al final, el resultado incluso fue más injusto porque por un mísero tres por ciento se libraron de prisión y conservaron su dinero. El partido Ciudadanos intentó oponerse a lo sucedido, pero Montoro dejó prescribir los casos de tal manera que la cantidad abonada por los delincuentes fiscales aún resultó menor.  A día de hoy, los ciudadanos siguen sin saber quién se benefició de la amnistía.  Montoro se opuso una y otra vez a publicar sus nombres.

No fueron los únicos secretos inconfesables que ocultó Montoro.  A principios de la presente década, un empleado de la banca suiza llamado Falciani abandonó la Confederación helvética llevándose una lista de delincuentes fiscales que habían depositado su dinero en cuentas secretas.  Todas las naciones de la Unión Europea publicaron los nombres…. Bueno, no todas. En España, Montoro se negó a publicar las listas; el gobierno se negó a acceder a la solicitud de extradición de Falciani y la fiscal encargada del caso – que acaba de ser nombrada ministra por Pedro Sánchez – se negó a que se entregara a Falciani a la justicia helvética. Sin duda, fue una conducta ejemplar, pero ¿ejemplar de qué?.

Esta comprensión hacia los delincuentes fiscales fue en paralelo a otras actuaciones de Montoro totalmente contrarias a las leyes.  Un reciente documento – la Declaración de Granada – suscrito por cerca de cuarenta catedráticos de Hacienda pública señala que Montoro ha pisoteado de manera sistemática la legalidad, ha violado la constitución y ha convertido a los ciudadanos en “súbditos”.  Todo lo señalado por la citada Declaración se corresponde totalmente con la realidad y a ello hay que añadir las denuncias de distintos personajes públicos que han afirmado que la Agencia tributaria fue utilizada como un mecanismo de extorsión contra ellos.  Entre otros casos importantes, estuvieron las filtraciones de datos fiscales del antiguo presidente del gobierno español José María Aznar y la presidenta de la comunidad de Madrid Esperanza Aguirre para dañarlos políticamente.

En paralelo, el dinero que se arrancaba a los contribuyentes no siempre de manera legal – la Agencia tributaria pierde más del 51 por ciento de las causas que llegan a los tribunales – iba a parar a causas tan poco populares como los fondos enviados a los gobiernos golpistas de una Cataluña que se llevaba el sesenta por ciento de todo el dinero destinado a diecisiete Comunidades autónomas.

Todo esto ya resultaría bien escandaloso, pero es que además las sospechas de corrupción acompañaron a Montoro desde antes de llegar al poder.  Cuando no se había formado aún el primer gobierno de Rajoy, Montoro participó en cenas con los altos ejecutivos de las empresas del Ibex-35 no sólo para anunciarles su futuro nombramiento como ministro de Hacienda sino también para que alguno de los socios de un despacho de asesoría que él había fundado pudieran repartir tarjetas de visita ofreciendo sus servicios a los relevantes comensales.  No deja de resultar llamativo que ese mismo despacho ofreciera en su página web sus servicios de asesoramiento sobre las leyes actuales ¡y las futuras!

Lo que sucedería en los años de poder no desmintió las peores sospechas.  Por ejemplo, Montoro se impuso en el consejo de ministros a Soria, ministro de industria, a la hora de decidir el futuro de la empresa Abengoa.  De manera bien significativa, el estudio presentado por Montoro era, palabra por palabra, el mismo que su despacho de abogados, regido ahora por su hermano, había entregado a sus clientes de Abengoa.  La única diferencia es que el texto presentado por Montoro en el consejo de ministros llevaba el membrete de su ministerio.

Menos conocido, pero no menos grave es el conjunto de casos de personas de relevancia – el episodio más conocido es el que afecta al futbolista Cristiano Ronaldo – a las que la Agencia tributaria inspeccionaba exigiéndoles una fabulosa cantidad y que, con posterioridad, acababan contratando los servicios… del despacho fundado por Montoro y regido ahora por su hermano. Mera casualidad, sin duda.

De esta manera, no puede sorprender que un electorado que votó entusiasmado en 2011 por el PP se fue distanciando, por un lado, porque Rajoy traicionó todas sus promesas electorales y, por otro, porque causó un daño pavoroso a las economías de las clases medias.  A todo ello – como he anticipado en cierta medida en esta entrega – se sumó una corrupción bochornosa practicada desde las alturas del poder.  Ese aspecto – al que dedicaré la próxima entrega – es la clave para comprender el gobierno, ciertamente desastroso, de Rajoy desde 2013 hasta su reciente final.

CONTINUARÁ…