¿Qué es la posdemocracia?

Ricardo Israel

Cada vez que anteponemos el “pos” o “post” a una palabra, es un reconocimiento de que nos enfrentamos a un fenómeno o concepto para el cual no tenemos todavía los elementos para definirlo con precisión o es simplemente demasiado nuevo. Para empezar, ocurre con la posmodernidad y con otro concepto con el que tiene relación directa y quizás es parte de ella, la posdemocracia. Así ha llegado para quedarse al describir un fenómeno reciente, de este siglo XXl.

Hecha la aclaración anterior, puedo agregar que la posdemocracia es uno de los principales desafíos actuales para la democracia. No es la vieja revolución comunista o fascista del siglo XX. Tampoco es el castrochavismo, la delincuencia organizada o el yihadismo religioso. Tampoco busca destruir el sistema económico de mercado, ya que es una versión del sistema capitalista. Es un fenómeno de origen típicamente occidental, que da por superada y “perfeccionada” a la democracia tal como la conocemos.

Si. Esa democracia tradicional y sin apellidos, la que Churchill decía con agudeza que era una mala forma de gobierno, a excepción de todas las otras conocidas. Esa creada en la antigüedad por los griegos y que adquiere un admirable consenso acerca de lo que es y lo que no es, tanto en las ciencias sociales como en el Derecho, y así ha sido incorporada a diversas constituciones nacionales al igual que en el Derecho Internacional en instrumentos como la Carta Democrática Interamericana de la OEA, sobre todo en su artículo tercero, que define con precisión lo fundamental de esta forma de gobierno (y que desgraciadamente no se aplique a quienes lo violan es un problema grave, pero diferente al contenido de esta columna).

Es tal el acuerdo en lo que debiera ser que toda vez que se le agrega un apellido (por ejemplo, “popular”) inmediatamente caemos en la sospecha que de democracia tiene poco o nada, salvo la manipulación del nombre.

Es lo que ocurre con lo que se conoce como posdemocracia, una creación de país desarrollado occidental que hoy se ha difundido a través del mundo, fundamentalmente a través de medios de comunicación y redes sociales, saltando desde la marginalidad de las universidades a ser una importante alternativa política a otras fuerzas, sobre todo del centro y de la izquierda socialdemócrata. Hoy el fenómeno se ha hecho presente con fuerza en América Latina y otras regiones del mundo.

La posdemocracia no es una alternativa al sistema de mercado, y por el contrario, busca fortalecerlo con claras preferencias por las nuevas tecnologías y la sociedad digital, y con profundo desprecio por tecnologías antiguas e industrias contaminantes y sectores como los combustibles. Su preferencia es clara por definir anticipadamente ganadores y perdedores, a través del uso de impuestos y subsidios, es decir, a través de fondos públicos y decisiones desde el poder.

Si no es un cambio del sistema económico si representa una clara posición política y sobre todo, ideológica. La posdemocracia es una derivación del llamado progresismo, algunos de cuyos sectores se alejaron de la matriz y se convirtieron en un desafío grande a la democracia tradicional, ya que han demostrado tener-en pleno siglo XXl- actitudes cuasi totalitarias; de nuevo cuño, pero igualmente desprecian a la democracia. En su lenguaje la “perfeccionan y superan”.

Es una versión de la política donde los conceptos de izquierda y derecha se han relativizado y han perdido el carácter explicativo que tuvieron en todo discurso a partir de la revolución francesa del siglo XVlll. Su lucha es contra la ilustración, ese proceso histórico que nos entregó el puntapié inicial para el concepto de occidente tal como lo conocemos, y al cual debemos el predominio del método científico sobre los tabúes religiosos y la libertad de expresión, entre otras muchas conquistas históricas.

Y así como la Revolución Cultural de Mao fue una embestida contra toda la herencia del confucionismo en China, la de esta actual revolución cultural que promociona la posdemocracia en occidente es contra la herencia de la ilustración, y es lo que está detrás de algunas revisiones que se pretenden para derribar estatuas, y sobre todo, demoler figuras históricas por temas que no se veían igual en los tiempos que ellos vivieron, tales como los temas de raza y género, dados los contextos históricos y épocas totalmente diferentes. Es también lo que está detrás del proyecto 1619 en Estados Unidos, y que pretende modificar la enseñanza sobre el origen de ese país, comenzando por lo relacionado con raza.

Algunas de las actitudes más totalitarias parecen sacadas directamente del libro 1984, la distopía de Orwell. Si esto corresponde a los sectores más extremos, tales como aquellos que transforman a las policías en sus principales enemigos, si hay características compartidas por todas las facciones.

Es así como no solo se combate la noción tradicional de libertad de la democracia orientándola hacia la lucha no entre iguales, sino entre “buenos” (nosotros) y “malos” (los otros), por lo que en el plano de las ideas no se trata de convencer a adversarios sino de imponerse a enemigos. También se combate contra la noción democrática de igualdad, aquella que buscaba poner a todos en el mismo lugar de partida a través de decisiones de nivelación. Se la reemplaza con la noción de equidad, una a la que no le basta que exista igualdad de oportunidades, sino que se busca intervenir de tal modo el proceso, que se pueda asegurar el resultado, fundamentalmente a través de la imposición de cuotas, se tengan o no las competencias.

Si a la democracia se la concibe como una persona igual un voto, aquí se busca como objetivo introducirle la mano a la urna de votación, desnivelando el resultado a través de la paridad y escaños reservados por raza y género, tal como se presencia en lo que es quizás el primer proyecto de constitución posmoderna en su integridad, y que transforma estos conceptos en derechos, cual lo es el proyecto para plebiscitar en septiembre de 2022, en Chile.

La política que propone es una identitaria, como elemento totalizador y sin complejos ni mediaciones, representando lo identitario otro castigo a la ilustración y sus valores. Al privilegiar a las personas en términos de, por ejemplo, raza y género, se termina derribando la igualdad entregada por el concepto de ciudadanía, descubriendo en el siglo XXI a substitutos de la pureza anterior, que representaron antes el proletariado soviético o el campesinado maoísta.

Como parte de la lucha ideológica, se utiliza una cultura de la cancelación contra aquellos cuyas opiniones nos parecen inaceptables. Es una libertad de expresión llena de limitaciones, baches y cortapisas a través de una verdadera policía del lenguaje y el pensamiento.

Se da esta lucha en el contexto de la internet y las redes sociales, donde la mayor muestra de totalitarismo se manifiesta en el lenguaje, el que se quiere controlar. No solo se propone un metalenguaje rechazado del todo por la Real Academia de la Lengua y sus equivalentes en Francia y otros países, sino que al controlar lo aceptable e inaceptable, se puede controlar al final el propio pensamiento, ya que, si para algo no existe una palabra, al final lo que representa tampoco existe, desde el momento que desaparece el nombre.

La posdemocracia embiste contra una de las mayores riquezas de la democracia tradicional, cual lo es la resolución pacifica de los conflictos naturales de toda sociedad a través de la búsqueda de consensos y acuerdos, ya que aquí se cae en la autocensura y el mono discurso, desde el momento que muchos temen a la cancelación por sus efectos en la vida personal y profesional de quienes son “cancelados” por turbas en redes sociales, incluyendo a muchos comediantes, ya que igual que en las experiencias dictatoriales del s XX, hasta el humor puede ser poco bienvenido.

Es una revolución sin ejércitos y sin asaltos a los equivalentes al Palacio de Invierno bolchevique. No es la dictadura tal como la conocíamos, pero si puede tener una deriva hacia el autoritarismo y la personalización del poder. También se promociona la victimización como elemento de búsqueda de respaldos y apoyos, ya que lo suyo es la emoción más que la razón, como otro ataque directo a la ilustración, de la cual el predominio racional fue uno de sus símbolos. La otra cara de la moneda de la cancelación es la maximización de la indignación, no como elemento ético, sino como arma de dominación ideológica y política, con lo que se transforma en un arma no proporcional, sin flexibilidad y que se excede en la respuesta.

Al estar directamente vinculada a la posmodernidad, la posdemocracia es también una muestra de desencanto no solo con la idea de occidente, sino también con su producto, es decir, con la propia modernidad, lo que explica la forma como la colonialidad del poder ha predominado en la convención constitucional chilena y también se ha hecho presente en los triunfos electorales de Castillo, Boric y Petro, solo por mencionar Sudamérica.

Otro elemento preocupante de esta batalla ideológica es la pérdida de importancia de una noción clave, aquella que la Democracia no es solo una forma de gobierno, sino principalmente una forma de control del poder, de todo poder, para evitar tanto su concentración como su ejercicio arbitrario, aquella situación tan presente en América Latina, donde se puede ser electo en forma democrática, pero perder esa legitimidad por el abuso que se hace desde el gobierno. Es decir, para la democracia no basta con ser electo, sino también la forma como se ejerce el poder.

Si algo caracteriza a la posdemocracia es la adopción total del wokismo en términos económicos y del buenismo como política internacional, ambos en estrecha relación con la política identitaria. El wokismo (derivación del “despierto”) es un traslado ideológico a empresas y al mercado de conciencia racial y de justicia social, y el buenismo apareció como forma de caracterizar a un pensamiento que postula que, para solucionar muchos problemas, bastaría con la buena voluntad, esquema que es ayudado por la burocracia de organizaciones internacionales.

La posdemocracia trae consigo sus propios grupos de poder, una nueva oligarquía y una revolución cultural promocionada por nuevas elites, notoriamente en grandes empresas tecnológicas, donde propietarios y ejecutivos se sienten con el poder como para censurar selectivamente tal como ocurrió en la elección de 2020 en USA. Sin embargo, la forma más antidemocrática para rehuir el debate es rechazar con calificativos previos (misógino, racista, etc) a los que piensan distinto, como estrategia de división entre buenos y malos, es decir, la política aparece como nueva religión, aunque esta vez sin Dios.

Así, las raíces de la democracia son afectadas ya que no se ve al rival como un igual, lo que también ocurre con la noción de ciudadanía, toda vez que el proceso político ya no se presenta más como una expresión de la voluntad general, sino que se aspira a ganar elecciones y controlar el poder a través de la suma de minorías, lo que no es lo mismo, ni práctica ni conceptualmente.

La Democracia siempre ha tenido adversarios, enemigos y alternativas. No solo en su versión moderna, sino también en la Grecia clásica, con Esparta como rival de Atenas, que representaba el “otro” modelo, uno militarista. Sin embargo, lo que a mi juicio no cambia es su superioridad, sobre todo en ética de principios y su relación privilegiada con los derechos humanos.

De ahí el temor que me causa lo que presenciamos con la posdemocracia, como (a veces,exitoso) rival y alternativa en el siglo XXI.

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