POR LA SENDA DE LA VILEZA o la política española hacia las dictaduras hispano-americanas

España tiene una deuda pública de más de un trillón de euros, que supera el 100 por 100 del PIB y que necesitaría, según los expertos, dos décadas para reducirse hasta el sesenta por ciento – la cifra máxima permitida por la Unión Europea – siempre que las circunstancias económicas sean constantes y mejores que las actuales.

He comentado en distintas ocasiones que equiparar el actual Partido Popular español que encabeza Mariano Rajoy con el que, hace años, dirigió José María Aznar constituye un gravísimo error.  Es cierto que muchos de los cargos públicos son los mismos, pero el actual PP es un partido totalmente escorado a la izquierda en política interna e internacional.  De hecho, el actual ministro de Hacienda, Cristóbal “Nosferatu” Montoro ha elevado tanto los impuestos en los últimos cuatro años que ha rebasado holgadamente lo que en 2011 proponía en su programa el Partido Comunista Español.  Montoro, igualmente, ha derrochado de tal manera el dinero de los impuestos que, actualmente, España tiene una deuda pública de más de un trillón de euros, que supera el 100 por 100 del PIB y que necesitaría, según los expertos, dos décadas para reducirse hasta el sesenta por ciento – la cifra máxima permitida por la Unión Europea – siempre que las circunstancias económicas sean constantes y mejores que las actuales.

Si eso sucede en el terreno económico, no pasa algo distinto en el campo social.  Hace unos días, el PP que gobierna en la Comunidad autónoma de Madrid en comandita con toda la izquierda desde Ciudadanos a Podemos ha aprobado una ley que consagra la sumisión de la educación a la ideología de género.  En adelante, cualquier persona acusada de homofobia tendrá que demostrar que no lo es si se le acusa de tal – es decir, que será culpable mientras no se demuestre lo contrario y ¿cómo se demuestra lo contrario? – y, por añadidura, en todos los colegios tendrán que enseñarse a los alumnos desde su más tierna infancia las bondades de la homosexualidad siendo realizada semejante labor de adoctrinamiento por miembros del lobby gay.  Se puede opinar lo que se quiera, pero cuesta creer que semejante andadura se corresponda con un partido conservador o liberal al estilo europeo por no decir con el partido republicano de Estados Unidos.  Pero, aparte de estas más que significativas muestras en lo que a política interior se refiere, es en el terreno de la política internacional donde se ha podido comprobar con más claridad el abandono de principios irrenunciables por parte del PP actual.

Como seguramente todos recordarán, Aznar se manifestó como un enemigo decidido de los totalitarismos y, de manera especial, de los comunistas.  A él se debió, por ejemplo, que la Unión Europea adoptara una política común hacia Cuba consistente en congelar todas las bendiciones que los europeos derramaban sobre la dictadura caribeña mientras no se produjera una liberalización del régimen y se redujera la insoportable represión.  Aquella actitud irritó a las izquierdas de casi todo el mundo, pero fue una muestra de dignidad ética del gobierno español frente a los Castro.  De manera similar, fue Aznar quien instó a Chávez para que no se dejara arrastrar hacia el castrismo sino que condujera su país hacia la senda de las democracias.  Sabido es que Chávez nunca le perdonó semejante conducta y que incluso contó el episodio en público sólo para motejar a Aznar de fascista.  Con todo, la posición del gobierno español volvió a ser claramente favorable a la democracia e indudablemente contrario al totalitarismo.

Guste o no, lo cierto es que nunca como con Aznar ocupó España un papel más cercano a los Estados Unidos y tampoco nunca tuvo una relevancia mayor en el plano internacional desde el siglo XVIII.  También es sabido que, tras los atentados del 11-M, el socialista Rodríguez Zapatero -más conocido como ZP – se convirtió en presidente del gobierno español ocupándose concienzuda y sañudamente de deshacer toda la política de Aznar.  Ese destejer implacable incluyó de manera clara su política exterior.   ZP no dejó de manifestar su antiamericanismo – por ejemplo, quedándose sentado durante un desfile en el que apareció una unidad norteamericana con la bandera de las barras y las estrellas – y su simpatía por los regímenes islámicos instando a los aliados a abandonar a Estados Unidos en Irak y desertando del mismo lugar de manera apresurada y sin pensar en los perjuicios que reportaría a España y a sus compañeros de lucha.  Por añadidura, tampoco ocultó su simpatía hacia las dictaduras de izquierdas hispanoamericanas.  Vez tras vez, Evo Morales – que recibió dinero de ZP para imponerse electoralmente – Hugo Chávez o Rafael Correa fueron recibidos en España como hermanos ideológicos obteniendo una cobertura de los medios públicos no sólo extraordinaria sino muy superior a la de otros mandatarios más relevantes.  No sólo es que la política común de la UE hacia Cuba fue desarticulada por ZP y Miguel Ángel Moratinos – un ministro de asuntos exteriores cuyo mayor mérito era que decía que era amigo de Yasir Arafat – sino que además España se convirtió en una auténtica abogada de la dictadura castrista ante la Unión Europea.  Seguramente, nunca estuvo España tan unida a la vileza en política internacional desde la época en que se vio desgarrada en dos partes aliadas respectivas de Hitler y Stalin.

Como tantos horrores de la época de ZP, los ciudadanos españoles pensaron en 2011 que serían revertidos por Mariano Rajoy caso de llegar a ser presidente del gobierno.  La realidad ha sido, lamentablemente, muy distinta y, al igual que en tantas otras cuestiones, Rajoy ha sabido ocultarse detrás del ministro idóneo para ejecutar su política.  Si la pésima política hacendística ha tenido como exponente a Cristóbal Montoro que recibía la cólera que debería haber recaído sobre Rajoy, en la acción exterior, el voluntario parachoques ha sido José Manuel García Margallo, ministro de asuntos exteriores.

Conozco a Margallo desde hace al menos una década.  Por discreción, no puedo relatar mucho de lo que sé sobre él, pero sí me veo en la necesidad de decir que, a pesar de ser uno de los ministros más preparados del gobierno español, nunca me mereció especial confianza.  Puede ser que la razón se halle en la intuición, en la casualidad a la hora de prever sus acciones o en el rechazo que siempre me provocó una broma que solía contar – imagino que sigue haciéndolo – consistente en decir que él es demócrata-cristiano, cristiano de cintura para arriba y demócrata de cintura para abajo.  Ignoro si su política hacia las dictaduras hispanoamericanas arranca de su cerebro o de su escroto, si nace en su parte cristiana o en su parte demócrata, pero no me cabe ninguna duda de que ha continuado la senda de la vileza iniciada por ZP y Moratinos.

Poco antes de viajar a Cuba en 2014, una persona cercanísima a él me telefoneó para sondearme sobre la reacción que tendría el exilio cubano si Margallo iba a La Habana.  Le comenté que semejante paso me parecía de una enorme gravedad, fundamentalmente, por que sólo serviría para continuar la nefasta política de ZP y ayudar a un dictador repugnante como Castro.  Evidentemente no era lo que deseaban escuchar en asuntos exteriores porque, aparte de torcer el gesto, se me comunicó con palabras adustas que ya habían visitado la isla los holandeses y otros y España no iba a perder la oportunidad de hacer negocios.  Al parecer, yo debía haber dicho que los exiliados cubanos no valían un pimiento o que los derechos humanos tampoco tienen tanta relevancia y que Margallo debía viajar a Cuba.  Como no fue lo que dije – había que ser un miserable – si no me falla la memoria, no volvieron a llamarme de asuntos exteriores desde entonces.  Ni puedo ni quiero evitarlo.  Siento un verdadero horror cuando contemplo que ayudar a una cadena de hoteles es más importante para un gobierno que el defender a los millones de oprimidos de una dictadura.  También es verdad que, a diferencia de Mariano Rajoy y de buena parte de la plana mayor de su partido,  el autor de estas líneas no ha sido acusado en sede judicial de recibir dinero ilegal por un testigo tan privilegiado como el tesorero del PP.  Al respecto, recomiendo ver la película B (2015) de David Ilundain donde se reproduce el citado interrogatorio judicial de manera literal y se afirma que tanto Rajoy como otros dirigentes no emplearon el dinero ilegal para gastos del partido sino en claro beneficio propio.  Pero no nos desviemos del tema.

Margallo fue a Cuba en noviembre de 2014 y, como era de temer, Raúl Castro no lo recibió seguramente porque había captado que podía tratar con desconsideración al representante de gobierno no caracterizado precisamente por la fidelidad a los principios.  También pudo ser que lo humillara porque, seguramente, sabía dónde se asentaban la democracia y el cristianismo en el cuerpo de Margallo.  Debía quedar claro que si alguien mandaba en las relaciones entre España y Cuba, no era la democracia sino la dictadura… gracias a Rajoy y a Margallo.    A mediados de mayo de este año, Raúl Castro volvió a demostrar que conocía más que de sobra al PP de Rajoy.  Por segunda vez, Margallo voló a La Habana, esta vez acompañado de Ana Pastor, la ministra española de fomento.  España – que con Rajoy ha sufrido las subidas de impuestos más brutales de su Historia y un incremento de la deuda pública que supera más del cien por ciento del Producto Interior Bruto – tuvo que contemplar cómo hasta el final del viaje Raúl Castro no dejó claro si recibiría o no a los ministros españoles.  ¡¡Todo ello a pesar de que Rajoy había perdonado la deuda a la dictadura castrista y había abandonado la Política común hacia Cuba de la Unión Europea siguiendo no la senda de su compañero de partido Aznar sino la del socialista ZP!!

El que quiera creer que el PP actual tiene algún parecido – aparte de los dirigentes – con el PP de Aznar seguramente alegará que Margallo seguía simplemente la política exterior de Obama.  Semejante argumento es totalmente falaz y ha quedado demostrado hace apenas unas horas.  De manera expresa, Margallo ha respaldado que el embajador de la Unión Europea ante Maduro sea nada más y nada menos que ZP.  Que ZP es un amigo del chavismo no admite discusión.  De hecho, en contra de la posición de Aznar e incluso de su compañero de partido Felipe González, ZP no sólo no ha mediado para reducir la presión intolerable que Maduro ejerce sobre la oposición sino que ha intentado convencer a ésta de que abandone el procedimiento para el referéndum revocatorio a cambio de algún gesto del chavismo como la liberación de algún preso político.  En otras palabras, el mayor valedor – sólo por detrás del papa Francisco – del régimen chavista es ZP.  No es sorprendente que la oposición venezolana haya rechazado expresamente a ZP.  Podrá no ser perfecta, pero no parece que sea tan estúpida como para ver en ZP a un defensor de los oprimidos frente a una dictadura de izquierdas.   Sin embargo, se esté o no de acuerdo con Obama, no se le puede culpar de cercanía con Venezuela.  Por el contrario, ha afirmado que su actual régimen es una amenaza para la seguridad nacional.  No es el caso de Rajoy ni de Margallo.  Gracias a ambos, la Unión Europea tendrá como representante a ZP que, a buen seguro, se ocupará de destejer la posición antichavista que hace unos meses mostró el parlamento europeo.  En otras palabras, ZP tendrá ocasión de hacer con la política antichavista de la UE lo mismo que hizo con la política anticastrista de la misma UE.

Seguramente, este paseo por la senda de la vileza haya que atribuirlo a la parte democrática de Margallo situada, según propia confesión, debajo de la cintura.  Sí, debajo de la cintura y más que posiblemente localizada cerca de ese lugar del cuerpo que arroja al exterior unos detritus de la misma calidad, textura e incluso olor que la política exterior del gobierno español hacia las dictaduras de Cuba y Venezuela.