NO SÓLO VENEZUELA

A favor del gobierno chavista, por acción u omisión, se han definido, fundamentalmente, los residuos del comunismo más o menos remozados...

Hace apenas unas horas, el pleno del Parlamento europeo ha aprobado una resolución en virtud de la cual insta a las autoridades venezolanas a proceder a la puesta en libertad de los presos políticos.  La propuesta ha sido aprobada por 501 votos a favor – una mayoría ciertamente rotunda – aunque también ha habido 94 votos en contra y 63 abstenciones.   En términos generales, el texto – que exige también el desbloqueo del referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro y la realización de las reformas económicas urgentes para evitar el colapso de Venezuela – ha recibido el apoyo de las grandes corrientes democráticas que se dan cita en el seno de la Unión Europea.  Por supuesto, estaba el del Partido Popular europeo, una gran formación de centro-derecha que viene a ser, prácticamente, la sucesora en relevancia de la internacional demócrata-cristiana del pasado.  También ha contado con el respaldo de los socialistas, de los socialdemócratas, de los liberales y de los conservadores británicos.  En términos generales, puede decirse que la izquierda y la derecha de la Unión europea encuentran intolerable – y así lo han manifestado – lo que el chavismo está causando desde hace años en la gran nación hispanoaméricana.

A favor del gobierno chavista, por acción u omisión, se han definido, fundamentalmente,  los residuos del comunismo más o menos remozados.  En el caso español, Izquierda Unida – una coalición de izquierdas dirigida por el Partido Comunista de España – ha votado en contra de la propuesta.  En ello, ha demostrado una clara coherencia porque su factótum, Alberto Garzón, no ha dudado en calificar de golpista al preso político Leopoldo López.  Por su parte, Podemos – que lleva años siendo financiado por regímenes tan significativos como los de Venezuela e Irán – ha preferido abstenerse en la votación.  Recuérdese que en las próximas elecciones españolas que tendrán lugar a finales de junio, Izquierda Unida y Podemos comparecen en listas conjuntas y tienen considerable posibilidad de convertirse en la primera fuerza de izquierdas en España desplazando al partido socialista (PSOE).

El balance, pues, de lo sucedido en el parlamento europeo es netamente positivo y deberíamos felicitarnos tanto de esa acción como de otras futuras encaminadas a empujar al chavismo para que Venezuela vuelva a ser una democracia.  Insisto en ello: cualquier paso dado para que la democracia regrese a Venezuela debe ser bienvenida y agradecida.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, no puedo dejar de sentir un sabor agridulce al reflexionar sobre lo acontecido.  Por razones más que legítimas y justificadas, Venezuela se ha puesto de moda.  Primero, fueron los activistas en favor de los derechos humanos; después, los medios y, finalmente, las instituciones.  Poco a poco, no sin esfuerzo, no sin razón, defender a los venezolanos se ha convertido en algo fashion, tanto que un candidato español como Albert Rivera ha considerado interesante pasarse por Venezuela o que incluso los comunistas de Podemos apenas se atreven a defender a Maduro.  ¿Qué sucede, sin embargo, con aquellas dictaduras que han pasado de moda?  Sin ánimo de ser exhaustivos, deberíamos recordar algunos ejemplos.  A no mucha distancia de Venezuela se encuentra Cuba que, por cierto, mantiene unos sesenta mil efectivos – un verdadero ejército de ocupación – en apoyo del chavismo en el territorio venezolano.  Soy el primero en creer que el embargo ha resultado un sonoro fracasado práctico y que resultaba obligado pasar a vías alternativas de acción frente al castrismo.  Pero, hechas esas salvedades, ¿acaso no hay presos políticos en Cuba?  ¿No pasa hambre y necesidades sin cuento la población cubana?  ¿No es su legislación más represiva incluso que la venezolana?  Se trata de preguntas retóricas porque todos saben que la respuesta sólo puede ser afirmativa.  Sin embargo, la Unión Europea no ha instado al régimen cubano a cambiar de la misma manera que lo ha hecho con el venezolano.  Por el contrario, siguiendo una política iniciada por el socialista español José Luis Rodríguez Zapatero e impulsada poderosamente por el papa Francisco – que va a recibir en unas semanas a Pablo Iglesias, el dirigente máximo de Podemos – las cancillerías de las distintas naciones de la UE miran hacia otro lado cuando ante sus ojos aparecen las atrocidades castristas, abogan en los foros internacionales en favor de la dictadura cubana y se apresuran a viajar a la isla en busca de negocios antes de que se les adelante Estados Unidos.  El caso de García-Margallo, el ministro de asuntos exteriores de España, es sólo un ejemplo aunque sea especialmente significativo.

No se trata sólo de Cuba.  La Unión Europea ha decidido cerrar los ojos ante los comportamientos inaceptables de Erdogan, el presidente turco islamista, en Siria e Irak incluido su apoyo imposible de ocultar a ISIS.  Tampoco mueve un dedo para paliar el drama del Sahara invadido por Marruecos en 1975 y sometido a episodios que sólo pueden ser calificados de genocidio.  Guarda silencio ante los crímenes perpetrados por fuerzas ucranianas contra la población civil aunque – ésa es la verdad – la mayoría de los miembros de la UE está harta de la imposición de sanciones a Rusia y más que deseosa de perder de vista a los nacionalistas ucranianos.  Pone sordina a lo que está sucediendo en Libia o Siria simplemente porque las llamadas primaveras árabes se convirtieron, como anunciamos algunos desde el principio, en gélidos inviernos islámicos.  Lo reitero: son sólo algunos ejemplos y no una exposición exhaustiva.

Felicitémonos, por lo tanto, de que la Unión Europea se enfrenta con Maduro, pero recordemos que no sólo Venezuela sufre situaciones totalmente inaceptables en el marco de la civilización e hinquémonos de rodillas ante el Altísimo para que los chavistas no ofrezcan a las naciones europeas la posibilidad de levantar hoteles o realizar pingües negocios.  De ser así, como en el caso de Cuba, la prometedora declaración de hace unas horas podría quedar en nada.