Navidad

La Navidad es el recuerdo del acto de mayor veracidad de la Historia, cuando el mismo Dios se encarnó para dejar de manifiesto que, efectivamente, Su amor hacia el género humano no conocía límites

Hace ya muchos años que llegué a la conclusión de que sólo el fuego que produce el amor a la verdad, hace que el corazón siga ardiendo mientras se atraviesa el camino de la soledad.

Precisamente por eso no me extraña que se sienta espantosamente sola una sociedad en la que, de entrada, aquellos que pretenden regir nuestras vidas han perdido la cabeza y no saben hacia donde van.

Lo que en su día pretendió ser un partido reformador de hondo calado social ha terminado convertido en un amasijo de lobbies que consideran que a la mayoría de los ciudadanos le puede seducir la idea de tener baños transgénero – ¿de verdad alguien puede creerlo? – o de que los inmigrantes procedentes de naciones musulmanas donde el terrorismo es una cruda realidad entren si control en Estados Unidos.

Enfrente se encuentra otro partido que no pocas no sólo agacha la cabeza lleno de complejos ante estas mismas posiciones absurdas, sino que además piensa dejar sin cobertura sanitaria a veinticuatro millones de habitantes de esta gran nación con la misma tranquilidad con que uno piensa si mantiene el bigote o se lo afeita.

En ambos casos, se oculta debajo de la alfombra el hecho de que con lo que costó la inconclusa guerra de Irak sólo hasta el año 2010 – y ya ha llovido desde entonces – se hubiera podido pagar el cuidado médico para medio siglo de todos los que habitan en Estados Unidos.

Frente a semejantes ejercicios de manipulación, la Navidad es el recuerdo del acto de mayor veracidad de la Historia, cuando el mismo Dios se encarnó para dejar de manifiesto que, efectivamente, Su amor hacia el género humano no conocía límites y no se reducía a declaraciones. A diferencia de las religiones orientales en las que el alma pugna angustiada por librarse de la interminable rueda de las reencarnaciones y disolverse en el Absoluto o de las paganas en las que se daba al dios – o diosa – para recibir a cambio, el mensaje del Evangelio indica que nada merecemos, que a nada podemos aspirar por nuestras obras, que de nada somos acreedores y que todo lo que recibimos de Dios es un regalo que brota, única y exclusivamente, de Su amor.

Aquel que se abrace a esa Buena noticia, la de un Dios que ama incluso a Sus enemigos, como señaló Pablo de Tarso en el capítulo cinco de la epístola a los Romanos, podrá seguir sintiendo el calor del corazón en medio de la soledad terrible de una sociedad tan volcada en los aparatos de comunicación que ya no sabe comunicarse y tan empeñada en la tolerancia que ya no tolera una sola opinión discordante.

Por el contrario, para aquel que siga volviendo la espalda a la Verdad que se encarnó hace más de dos milenios difícilmente puede existir algo que vaya más allá de soportar en estas fechas a insoportables cuñados, preocuparse por los hijos adolescentes que trasnochan o inquietarse por el próximo año que ya está dando algunas señales no precisamente alentadoras.

Todo quedará reducido a seguir corriendo en esta sociedad en la que nadie se para a reflexionar simplemente porque está enviando mensajes mientras se encuentra a bordo del automóvil y está pensando en cómo encontrar otro part time para pagar un aparato más que meter en la casa.

No debería sorprendernos que la gente se sienta sola y, sin embargo, en la Verdad existe calor incluso en medio de la soledad.

Publicado por Diario las Américas el viernes 22 de diciembre, 2017.

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