Llegó, vio… y otros vencerán: sobre la visita de Obama a Cuba

¿Tendrá resultados la estrategia Obama?, se pregunta César vidal. En esta columna, Vidal valora el acercamiento del pragmático Barack Obama al régimen cubano.

El final de la visita de Obama a Cuba ha vuelto a desatar los juicios acerca de su política internacional y, en especial, la relacionada con la dictadura castrista. De entrada, debe decirse que este viaje ha tenido aspectos muy positivos que han brillado por su ausencia en los de otros dignatarios extranjeros. En primer lugar, Obama se reunió con los disidentes. No lo hizo el papa Francisco – el primer valedor de la dictadura caribeña en el ámbito internacional – ni el ministro español de asuntos exteriores Margallo ni personajes semejantes. Sí lo hizo Obama. En segundo lugar, Obama pronunció un discurso verdaderamente histórico lo que tiene mérito añadido por el hecho de que, se esté o no de acuerdo con él, Obama es un extraordinario orador. El discurso no dejó fuera ni una sola cuestión candente, defendió el respeto a derechos humanos elementales que viola de manera sistemática el sistema castrista y constituyó un acto de verdadera pedagogía democrática en el centro de una nación que lleva décadas sufriendo un adoctrinamiento totalitario. Si a esto se añade el acompañamiento de hombres de negocios dispuestos a sembrar las semillas del libre mercado en la isla, cuesta mucho no ver el viaje cómo un episodio acentuadamente positivo. Pero vayamos más allá. ¿Tendrá resultados la estrategia Obama? Creo que sí, pero sobre la base no de remedar la victoria fulgurante de César contra Farnaces y poder decir “veni, vidi, vici” (vine, vi, vencí) sino más bien sobre la base de haber sembrado las semillas de algo que se cosechará posiblemente en el plazo de una década.
En primer lugar, analicemos las razones de la conducta de Obama. Aparte de su legado personal y del reconocimiento de que la táctica del embargo ha fracasado, la conducta de Obama obedece a una estrategia muy concreta y con precedentes. A pesar de muchos atribuirán su conducta a su supuesta condición de “paloma”, personalmente, no consigo considerar como tal a un presidente que en los cinco primeros años de mandato ya había dado órdenes para bombardear siete países. Obama no es una paloma y no pasará a la Historia como tal si no como un hábil pragmático. En realidad, creo que uno de los paralelos más claros de la política de Obama se encuentra en la Realpolitik del republicano Nixon hacia China.
De todos es sabido como el 25 de octubre de 1971, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2758. En virtud de la misma, la representación legítima de China en la ONU dejó de ser la que tenía por capital Taipéi y derivaba del régimen del generalísimo Chiang Kai-shek y resultó sustituida por la de la dictadura comunista de Mao Ze Dong cuya capital era Beijing. Dar semejante paso implicó no pocos cambios en la política exterior norteamericana. Significaba abandonar institucionalmente a uno de los más firmes aliados y combatientes contra el comunismo como era Chiang Kai-shek aunque se siguiera manteniendo con él una alianza armada. Implicaba también pasar por alto el enfrentamiento, cuerpo a cuerpo, que Estados Unidos había sostenido con la China roja en la guerra de Corea, un enfrentamiento, dicho sea de paso, que había tenido como consecuencia directa que, por primera vez en su Historia, Estados Unidos no se alzara con la victoria militar y tuviera que conformarse con una partida en tablas. Finalmente, equivalía a aceptar un cambio más que drástico en la política exterior a impulsos de Nixon que pensaba que del acercamiento a China nacerían beneficios especialmente económicos para los Estados Unidos. La capital de la China reconocida como tal por Estados Unidos ya no sería Taipéi sino Beijing y la antigua China incluso pasaría a ser denominada Taiwan. Aquella inmensa concesión a Mao que implicaba, entre otros logros, la entrada de China en el Consejo de seguridad de la ONU había sido precedida por un viaje de Henry Kissinger a Beijing, escondido en el curso de una visita a Pakistán, en julio de 1971. Aquel vuelo de Kissinger vendría seguido no sólo por la salida de la China de Chiang del Consejo de seguridad sino también por una visita de Nixon al señor de la plaza de Tiananmen. La Realpolitik – la política del realismo – se había impuesto a cualquier otra consideración empezando por las ideológicas y por los precedentes décadas.
Las ventajas de aquella Realpolitik no fueron pocas. Por supuesto, la dictadura china no se desplomó, pero se consagró – existía antes, pero ni la CIA ni el Departamento de estado querían creerlo – la fragmentación del bloque comunista ahondando la cuña existente entre la URSS y China y, de manera nada desdeñable, las empresas norteamericanas, ya después de la muerte de Mao, pudieron desembarcar en la gran nación de Extremo Oriente para realizar extraordinarios negocios. Quizá dentro de unas décadas, con una China cada vez más poderosa, algunos lamenten aquel viaje, pero la verdad es que Wall Street nunca ha tenido prejuicios ideológicos a la hora de tratar con poderes totalitarios. Salvó el primer plan quinquenal de Stalin, abrió las puertas del know how a China y esta noche invertirá en Cuba. Los beneficios económicos en todos los casos han sido innegables.
La táctica de Obama – hablar de “doctrina Obama” me parece un tanto pretencioso – está calcada de esa Realpolitik en términos políticos – ¿para qué llevarse mal con alguien a quien no podemos vencer? – y económicos – el dinero no tiene olor – pero creo que aún va más allá. Obama está convencido de que la presencia económica americana en la isla será una cuña que, tarde o temprano, hará saltar al régimen. Es más que posible que tenga razón. A fin de cuentas, esa fue la estrategia diseñada por la CIA con los acuerdos de Helsinki de los años setenta: basta con que nos permitan introducir una cuña y el entramado acabará saltando. En el caso de Cuba, en favor de esa hipótesis está además el hecho de que la isla es de extensión reducida, de población pequeña y de escasísimos medios económicos y más tras medio siglo de castrismo. Cuba – a diferencia de China o Rusia – no es una gran productora de materias primas ni puede aspirar a convertirse en un país capitalista bajo control del partido comunista como ha sucedido en China. En realidad, su futuro va a estar sustancialmente ligado a convertirse en la California – o la segunda Florida – del Caribe y ahí el papel de Estados Unidos es esencial.
Por paradójico que parezca, la estrategia es similar a la que permitió liquidar el régimen de otro dictador de raíces gallegas llamado Francisco Franco. En primer lugar, había que esperar el “hecho biológico”, es decir, la muerte porque la idea de una sublevación popular era, sencillamente, imposible. En segundo lugar, había que ir cambiando la mentalidad nacional-católica de los españoles no mediante un adoctrinamiento político más que difícil sino a través de cambios sociales como “los bikinis de las suecas” y debo reconocer que la aparición de aquellas nórdicas por las playas españolas luciendo el dos piezas cambió la mentalidad de los españoles mucho más que la lectura de Marx, Lenin o, si me apuran, Locke. Aquellas rubias impresionantes eran las que mostraban que había otra realidad y que, quizá, se podría vivir sin salir de España. El cambio político ulterior vino solo y me atrevería a decir que era inevitable. Eso mismo, previsiblemente, sucederá en Cuba. En tercer lugar, mientras moría el dictador y la gente veía a unos metros algo agradablemente distinto se fue creando una clase media, esa clase media que Castro se apresuró a destruir y que, de manera incipiente, está volviendo a aparecer en Cuba.
No veremos el cadáver de Castro arrastrado por las calles como Mussolini ni tampoco contemplaremos su fusilamiento como sucedió con Ceaucescu. Comprendo que haya gente que lo lamente, pero debemos ser realistas y no dejarnos arrastrar por nuestros deseos. Castro – los dos hermanos – morirán en la cama como el gallego Franco. Algunos de sus sucesores sueñan con un modelo chino, pero Cuba, para lo bueno y para lo malo, no es China y no puede vivir exportando al planeta lo que no tiene ni produce. Su economía tendrá que orientarse hacia los servicios y ahí ni los Meliá, ni los alemanes, ni los franceses pueden competir – aunque reciban alguna rebanada – con Estados Unidos. Primero, vendrá la muerte de los Castros y luego – a ocho o diez años vista – el régimen comenzará a desmoronarse por un factor que Obama ha puesto en funcionamiento y que se revelará imparable: la seducción. Al final, no serán los portaviones, ni las operaciones encubiertas ni la propaganda radiada las que acabarán con el castrismo sino la seducción del dólar y el establecimiento, paso a paso, de una nueva clase media.
Soy consciente de que muchos considerarán enormemente optimista mi planteamiento. Permítanme dar un ejemplo de hasta qué punto no sólo no es disparatado sino que, muy seguramente, es acertado: lean los análisis de los adversarios de Estados Unidos. Cualquiera que examine en estos días los análisis de especialistas rusos, chinos, árabes, hispano-americanos anti-estadounidenses – recomiendo especialmente el de Pyotr Yakovlev de la Academia rusa de Ciencias – verá que todos coinciden en señalar que el paso dado por Obama va a implicar que Cuba acabe recayendo nuevamente en la esfera de influencia de Estados Unidos. Cuesta trabajo quitarles la razón porque, efectivamente, es así.
Obama no va a ver el final del proceso desde la Casa Blanca. Sin embargo, por primera vez en décadas, se ha introducido una cuña en la dictadura que no podrá ser arrancada y que la llevará, poco a poco, hasta su final a medio plazo. No ha sucedido como muchos hubiéramos deseado. Es cierto, pero, precisamente por ello, lo importante es reorientarnos hacia el futuro. El exilio cubano en Estados Unidos – uno de los que más ha aportado en todos los terrenos a esta gran nación – debería pensar con rapidez en la mejor manera para responder a no pocos desafíos que casi han surgido de la noche a la mañana: la desaparición a medio plazo de la ley de ajuste, la disminución de su influencia política y una transición hacia la democracia en Cuba que podrá ser ayudada desde Miami, pero que no será protagonizada ni dirigida por los exiliados ni tampoco, previsiblemente, por los disidentes de la isla que conocemos ahora. La Historia no discurre cómo la soñamos – ¿quién sabe, salvo Dios, si no es mejor así? – y sólo nos queda aprender a jugar de la manera mejor posible las cartas que nos reparte.