¿Las maldades del socialismo?

El escenario convida, por consiguiente, a indagar si la perversidad es del comunismo y sus alter egos, entre ellos, el socialismo, o de aquellos que gobiernan invocando una u otra tendencia, sin ni siquiera saber qué son, pero si duchos en metodologías para ganar elecciones explotando el hambre con las más burdas estrategias populistas.
Luis Beltrán Guerra G.
La ambivalencia entre liberalismo y comunismo en el contexto tradicional determina que cada uno excluye al otro. Sin embargo, semasiológicamente, puede afirmarse que el segundo es derivación del primero. Pero, como no procuran objetivos comunes, los liberales niegan la paternidad tanto a los comunistas, como a sus derivados, razón para que los últimos devengan en lo en que en latín se denomina “arrectus”, frente a lo cual aquellos responden “si vis pacem, para bellum”. El conflicto y hasta la destrucción, el final. En el reciente libro de Edmund Wilson, “Hacia la estación de Finlandia”, pareciera entenderse el esquema que definió al mundo, prosiguiendo y cómo que no tiene fin.
Pudiera expresarse que el comunismo, que suena razonable en las páginas escritas por Marx, dispara lanzas para que se le adopte, dadas sus presuntas bondades en aras de una adecuada racionalidad humana. Una de las flechas es tal vez “el socialismo”, pues no propende a la “abolición absoluta de las clases sociales, a través de la extinción de la propiedad y la libertad comercial, pero sí a su regulación para una sociedad más igualitaria. Tampoco suena mal, no obstante, se le imputa la misma criminalidad que a aquel que usa la honda. Hoy, por tanto, como que goza del mismo desprestigio.
Es de tener presente que en un porcentaje cercano al 99 % de las conversaciones, al hacerse referencia a las causas de nuestros males, se responde ipso facto, que los culpables son los comunistas, calificación que reciben diariamente, en lo concerniente a las Américas, los Castro y Díaz Canel, Maduro, Lula Da Sila, Ortega, los Fernández Kirchner, los Evo Morales y en Perú, camino a el de la mano del maestro Castillo. The media, en cambio, hace referencia a la “Lista corta”, pues incluye únicamente a China, Cuba, Vietnam, Laos y Corea del Norte, 5 países aferrados al partido único herencia del marxismo-leninismo. Todos, con excepción del último, se han abierto a la denominada “economía de mercado”, bombona de oxígeno ante la debacle.
El escenario convida, por consiguiente, a indagar si la perversidad es del comunismo y sus alter egos, entre ellos, el socialismo, o de aquellos que gobiernan invocando una u otra tendencia, sin ni siquiera saber qué son, pero si duchos en metodologías para ganar elecciones explotando el hambre con las más burdas estrategias populistas. Será este el caso de los países suramericanos. Los de Pérez en Caracas, Cardozo en Brasilia y Lagos en Santiago, por lo menos, presentan diferencias abismales, a pesar de no poderse negar que fueron gobiernos socialdemócratas. O sea, alimentados por “un socialismo actualizado”.
En el caso particular de la Venezuela de hoy, Francisco Rodríguez, doctor en economía por Harvard, acaba de afirmar que “está atravesando una de las peores crisis económicas vistas en cualquier país del mundo fuera de tiempos de guerra”, resultado entendemos no del del socialismo per se. Más bien de las estratagemas de un gobierno para alcanzar apoyo popular, empresarial y castrense, a través del acceso de privilegiados a actividades dinerarias. Esta tipología de regímenes tiende a durar, asimismo, por la desarticulación que generan en los sectores de oposición, enredados entre las cláusulas constitucionales y alternativas más reales para detener el diluvio.
Es natural el analisis frecuente de la política, pues a su alrededor giramos. Las providencias que en ella se adopten nos afectan, para bien, o para mal. En ese escenario analítico surgen opiniones de la más variada naturaleza con respecto a los problemas confrontados, entre ellos, esa especie de inyección de voracidad entre gobierno y oposición fuente de ruptura absoluta de las relaciones, con excepción de la relativa al odio que cada parte se profesa, y que algunos suelen llamarla “el hielo” queriéndose expresar que mientras más frías sean las relaciones, múltiples esfuerzos han de hacerse por lo opuesto. O sea, “el deshielo”.
A este problema se ha referido, precisamente, Francisco Rodríguez, titulando “Cómo romper el impasse venezolano”. Se trataría de “acordar con el gobierno que Maduro finalice su mandato, pero sin poder reelegirse, prohibición que se estatuiría en una enmienda constitucional”. La escena para considerarlo serían los encuentros que se adelantan, con la cooperación de Noruega, dada la experiencia que se le reconoce en lo relativo a la solución de situaciones conflictivas, particularmente, de naturaleza política, tipología que resultaría cuesta arriba negar, en criterio del joven académico, en lo relativo al país suramericano. “El film”, la República mirada con tristeza desde la Sultana del Ávila, hermanada con Burundi, Sudán del Sur, Malaui y Mozambique. Inclusive siendo benignos habría que identificarla, asimismo, con Haití, Nicaragua y Honduras. Anímicamente genera “una justificada indignación violenta”, sin entenderse por qué no ha sucedido.
La propuesta encuentra, pues, un ambiente de profunda, pero silente crispación, derivada de ya algunas décadas de desencanto. Se le atacará por la concesión, indebida para unos cuántos, del plazo a Maduro para finalizar un mandato golpeado desde su inicio por dudosos beneficios electorales, aunados a la responsabilidad que se le imputa en la crisis social. Tal vez, Rodríguez, quien leyó bastante para su propuesta, pues hasta conocimientos de constitucionalismo maneja, genere discusiones que concluyan en lo que pudiera expresarse en ingles ¡The more you get horny the more I get horny! Dios quiera que no sea así.
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