LA HISTORIA SÍ LO ABSOLVERÁ

Carlos Alberto Montaner ha escrito hace unos días un excelente análisis en el que llegaba a la conclusión de que la Historia no absolverá a Fidel.

Carlos Alberto Montaner ha escrito hace unos días un excelente análisis en el que llegaba a la conclusión de que la Historia no absolverá a Fidel.  Tomaba así la frase quizá más famosa del dictador cubano y desgranaba el legado real de Castro para señalar que la Historia no puede absolverlo.   Creo que el relato de Montaner era impecable y lo suscribo totalmente.  A decir verdad, si acaso lo único que podría es aducir más razones para esa condena, una condena que los amantes de la libertad, los demócratas reales y los enemigos del totalitarismo llevan formulando desde hace décadas.  Sin embargo, aun coincidiendo totalmente con las razones, soy mucho menos optimista en lo que a la condena histórica de Castro se refiere.  Aún a conciencia del dolor que puede provocar mi afirmación, estoy personalmente convencido de que la Historia absolverá a Fidel Castro en la mayor parte del globo.

En primer lugar, no lo condenarán sino que le aplicarán todo tipo de atenuantes absolutorios los dirigentes, ideólogos, medios, partidos y gobiernos ubicados en la izquierda.  Las razones son diversas, pero innegables.  Para millones de personas de izquierdas – especialmente dirigentes – Fidel es el personaje que hubieran querido ser.  Hubieran ansiado también tener a sus pies a una sociedad entera a la que moldear como si fuera barro y a la que someter a su antojo a experimentos sociales.  La mayoría no ha podido hacerlo más que en una medida muy limitada en comparación con Castro.  Esa circunstancia incluye, por supuesto, a aquellos que lo tomaron como referente desde Chávez a Morales pasando por Correa y Ortega.  Incluso personajes distanciados de ese totalitarismo e insertos en una izquierda más templada como Mugica, Kirshner y Lula Da Silva lo contemplaron con simpatía.  Y se trata de un fenómeno no limitado a América.  También ha sucedido, sucede y sucederá al otro lado del Atlántico donde en España, Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, Gaspar Llamazares o Pablo Iglesias, por citar sólo algunos, lo vieron con simpatía.  Es el caso también del actual presidente francés François Hollande.

Por supuesto, los datos en contra no los disuadirán para dictar una sentencia condenatoria.  Esa izquierda desde Suecia a Cádiz o de Chichuahua – o Nueva York – a la Patagonia lo absolverá siquiera porque cree que existen atenuantes para una pavorosa dictadura por sus supuestos logros en áreas como la sanidad, la educación o el enfrentamiento con los Estados Unidos.   Este último factor es causa añadida de condena en esta tierra que nos ha acogido a tantos exiliados, pero no sucede lo mismo en buena parte de las naciones situadas al sur del río Grande.  Fidel Castro ha sido, es y será para millones de hispanoamericanos quien hubiera deseado ser.  Los motivos serían, entre otros, que se enfrentó con Estados Unidos y, a pesar de la disparidad de medios, no fue derrotado y que contó con una proyección internacional totalmente desproporcionada para la nación que oprimía.  A decir verdad, hay que decir que Fidel emergió como vencedor de un contencioso que ha durado más de medio siglo.  Sólo él escapó de perecer en algún intento de asesinato, en una invasión armada o en un golpe interno.  Sólo él.  De hecho, no sólo ha muerto en la cama sino que Estados Unidos ha acabado reconociendo que el embargo no le había permitido vencerlo y que lo mejor era llegar a un acuerdo con él.  Eso, a pesar de la más que justificada animadversión de los exiliados cubanos en Estados Unidos.  Todos esos hispanoamericanos que lo ven como el David imbatido que se enfrentó con el Goliat gringo no lo condenarán.  Por el contrario, lo admirarán por generaciones porque, a diferencia de Sandino y Árbenz, de Torrijos e incluso del Che, él sí derrotó a la primera potencia mundial llevándola a reconocer públicamente su derrota.  Esos lo absolverán también y lo harán con todos los pronunciamientos favorables.

Al comportarse de manera tan poco justa y racional, esos millones de hispanoamericanos serán como un espejo de una porción de la población de España que me atrevo a considerar mayoritaria.  Con la excepción de Aznar que intentó en serio cercar a la dictadura y ayudó a los disidentes, todos los gobiernos de la democracia han sido extraordinariamente benévolos con Castro.  De hecho, con Rodríguez Zapatero y Rajoy incluso llegaron a convertirse en abogados de la dictadura cubana ante la Unión europea logrando que se aprobaran distintas medidas en favor de la tiranía caribeña.  No ha sido un deterioro moral de los últimos años.  Adolfo Suárez contemplaba con simpatía a Castro y Manuel Fraga se entrevistó con él siempre de manera calurosa ofreciéndole incluso su colaboración.  Hay quien dice que Fraga incluso aprovechó esa cercanía para iniciarse en la santería de la mano de Castro.  Puede que sea un rumor, pero lo que es una realidad es que al gallego le fascinaba Fidel.  No son excepciones. Repárese en que, nada más conocerse su muerte, un número considerable de españoles acudió a la embajada de Cuba en Madrid para expresar sus condolencias y allí se enfrentó con los exiliados cubanos que habían ido a protestar contra el dictador.  Repásense los programas de televisión relacionados con el fallecimiento de Castro y se verá que difícilmente han podido ser más elogiosos con el dictador y más comprensivos con sus atrocidades.  En los medios españoles, ha sido más excepción que regla las piezas críticas – no digamos ya condenatorias – con Fidel. La mayoría de los españoles – lo digo con profundo dolor y vergüenza ajena – lo absolverá siquiera porque se enfrentó con Estados Unidos, hablaba español y era hijo de un emigrante gallego.

Todos los citados no completan la lista.  En África, Fidel continuará siendo por generaciones el ídolo que combatió contra el régimen surafricano del apartheid mientras que lo mantenían gobiernos democráticos como los de Reino Unido, Israel o Estados Unidos.  Nunca olvidarán que, precisamente, cuando Fidel Castro asestaba al régimen surafricano una derrota militar que les impediría prolongar el apartheid y sería el principio de su fin, Ronald Reagan seguía encastillado en su decisión de no sancionar a un gobierno al que consideraba clave para enfrentarse al comunismo.  No sólo Nelson Mandela – con su enorme peso moral – repitió vez tras vez su admiración y su gratitud hacia Castro sino que la recepción que le brindó el parlamento democrático de Suráfrica cuando lo visitó Fidel fue digna de un dirigente espiritual como el papa o el Dalai lama.  La práctica totalidad de las naciones africanas absolverá a Castro en la firme convicción de que fue un aliado encarnizado en la lucha contra el colonialismo, el imperialismo y el racismo.  Todos ellos también lo absolverán.

No lo condenarán, desde luego, las dictaduras comunistas que se han abierto al capitalismo como es el caso de China o de Vietnam.  Es cierto que a Fidel lo vieron como a un intransigente incapaz de evolucionar con un mínimo de inteligencia.  No es menos verdad que son más críticos que todos los anteriores porque han contemplado al cubano como un ser lo bastante bruto como para no tener el talento suficiente como para cambiar todo para que todo siga igual.  Sin embargo, a pesar de esa mirada por encima del hombro, chinos y vietnamitas no han dejado de verlo también como un camarada que luchó antaño en la gloriosa lid contra el imperialismo.  La excepción es una Rusia que ya no es comunista y que gastó en Cuba más de ocho veces lo que Estados Unidos empleó en todas las naciones del Plan Marshall.  Moscú no va a olvidar jamás lo caro que le costó la aventura cubana, un resquemor que llega hasta el día de hoy cuando el embajador ruso en La Habana recomendaba hace unas semanas que no se vendiera más petróleo a Cuba porque no existe garantía de que no vuelva a protagonizar un costoso y cuantioso impago.

Pero a Fidel no lo absolverán sólo sus hermanos ideológicos, los nostálgicos de la izquierda revolucionaria, las dictaduras comunistas convertidas en capitalistas, las naciones africanas, la mayor parte de los españoles o los que aborrecen a Estados Unidos en cualquier parte del globo, pero, muy especialmente, en Hispanoamérica.  También lo absolverá el papa Francisco y, de hecho, ya lo hizo cuando todavía era obispo y, en su prólogo a un libro sobre la vista de Juan Pablo II a Cuba, cargó la culpa de todos los males de Cuba sobre el “bloqueo” de los Estados Unidos repitiendo los aspectos más vergonzosos de la propaganda castrista.  Lo mismo harán incluso no pocos miembros de la derecha subyugados por alguien que pudo mantenerse en el poder de manera ininterrumpida durante medio siglo.  Desde luego, no lo condenará el colombiano Santos que ha impulsado un acuerdo con los narcoterroristas de las FARC fraguado en La Habana.  Tampoco será el único en adoptar ese rumbo.  El antiguo ministro de Asuntos exteriores de Mariano Rajoy, José María Margallo – el lector de esta tribuna sabe que no se encuentra ni de lejos entre los personajes de los que tengo una opinión mínimamente positiva – defendió el pasado sábado, día del fallecimiento del dictador, la figura de Castro y su política de perdonar la deuda de Cuba con España.  Precisamente en ese programa de la Sexta, una cadena de televisión española, en que el sesgo pro-castrista resultó más que evidente, el antiguo ministro Margallo se permitió incluso citar a un cardenal que lamentaba que lo que había hecho Fidel no lo hubiera hecho la democracia cristiana, precisamente el movimiento al que él pertenece desde hace décadas.  Resultaba bien revelador, pero no sorprendente porque ese sector de la iglesia católica y de la derecha también absolverán a Fidel Castro.

Eche, pues, cuentas el lector y podrá colegir con facilidad que, en términos demográficos, el jurado de los habitantes de este planeta no va a condenar a un dictador que sembró la sangre y la miseria a lo largo de décadas.  Más bien lo absolverá con todos los pronunciamientos favorables.  Y es que, al fin y a la postre, la Historia desgraciadamente no es una ciencia como las matemáticas o la física.  A decir verdad, constituye no pocas veces un instrumento de propaganda y lucha política cuando no de intereses, ajuste de cuentas, de envidias y de rencores.  Ese relato histórico internacionalmente no lo domina – ni siquiera contrapesa – el discurso de los que aman la libertad.  Por el contrario, es evidente que es minoritario en editoriales, en universidades y en medios del globo.  Se trata de una circunstancia que exige una reacción sólida y constante porque, precisamente por todo ello, aunque sea injusto e incluso asqueroso, un sector más que amplio de la Historia sí absolverá a Fidel Castro.