Haití: ¿cansancio o abandono de la comunidad internacional?

Ricardo Israel

El 7 de julio del 2021 el presidente Jovenal Moise fue asesinado en su casa. Se sabe de la participación de haitianos y de sicarios colombianos en el magnicidio, pero meses después, poco se ha avanzado en la identificación de los autores intelectuales, salvo la sospecha que pudo haber sido ordenado por el narcotráfico.

La noticia ha desaparecido de los titulares como también el interés periodístico, a no ser que sean desgracias de grupos inmigrantes de ese origen. Aparentemente, también hay desinterés en otros países y en organizaciones internacionales, salvo la habitual presión que se ejerce sobre la vecina República Dominicana, fundamentalmente por compartir la antigua isla de La Española.
La duda es si lo que hay, es cansancio o abandono.

El tema no es nuevo. La misma inquietud surgió en Estados Unidos después de la ocupación que durara 19 años entre 1915 y 1934, la que se inició con el desembarco de 300 marines. Tampoco tuvo mejor suerte la intervención del 2004 mandatada por resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, a la que pilló a cargo del país el terremoto del 2010. Allí diplomáticos y militares de Chile y Brasil tuvieron posiciones de liderazgo. La presencia en primera línea de Chile terminó después de 13 años, y al momento del regreso, los medios de comunicación, los políticos y la sociedad civil del país se habían distanciado. Para todos los efectos prácticos, parecían ser batallones olvidados.

Históricamente Haití y Chile habían tenido escasa relación, sin embargo, esta vinculación generó una relación entre personas y una fuerte inmigración, a pesar de los 6.073 km de distancia. Es así como desde casi cero, el censo del 2017 registraba 180.000 haitianos residiendo en el otro país.

Esta intervención, al igual que las anteriores no logró el objetivo de desarrollar instituciones sólidas.

A mi juicio, no corresponde hablar de Estado “fallido” cuando no se alcanza primero el nivel adecuado de Estado, es decir, si no se desarrollan las instituciones políticas y económicas necesarias para una democracia, por lo que las elecciones pasan a ser más bien decorativas que perdurables en el tiempo.

Esa es la verdad, y la comunidad internacional ha acumulado varios fracasos y pocos éxitos. Por su parte, han abundado críticas a la epidemia de cólera traída probablemente por soldados asiáticos en misión de “estabilización”, y a abusos sexuales perpetrados a niños por funcionarios de la ONU.

Tampoco le ha ido mejor a las organizaciones no gubernamentales (ONG) y a fundaciones que han establecido una fuerte presencia después de terremotos y la consiguiente destrucción masiva. Además de destacar sus aportes, también se ha denunciado la corrupción que la ayuda ha generado, no solo en Haití, sino en los lugares de origen, fundamentalmente en países desarrollados.

Y solo recientemente se está creando conciencia que la corrupción de la ayuda al desarrollo parte allí, donde no solo en Haití, ya que también en Iraq y Afganistán cantidades importantes de dinero quedan en el Primer Mundo y no llegan nunca a sus destinatarios. En el caso de fundaciones, se ha criticado además su falta de trasparencia.

Nunca está de más recordar que mucha ONG tiene su propias agenda, como también que algunos activistas adquieren intereses personales al convertir esas ideas en su medio de vida.

En el fondo existe evidencia del fracaso de Haití, pero también de la arrogancia del buenismo de tantas universidades, gobiernos, medios de comunicación; es decir, de una mentalidad que predomina en la comunidad internacional y que postula que un grupo de personas bien intencionadas puede generar una nueva y mejor sociedad, independientemente de los deseos de la gente que vive allí y de esa historia.

Aún peor, cuando esta mentalidad se ha manifestado en la idea que una ocupación militar en Haití puede generar una economía de mercado y una democracia política, como si de Alemania o Japón se tratara.

No se trata de esquivar el bulto ya que la primera responsabilidad es de los propios haitianos, pero considerando la cantidad de fracasos externos, me parece que existe tanto cansancio como abandono, por lo que creo que hay que mirar el tema de Haití bajo un prisma distinto, y bien lo decía Einstein que no se puede hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes.

Lo primero es entender que en Haití el Estado simplemente no ha desarrollado ni siquiera las competencias y deberes del conocido contrato social de Rousseau, por lo que no tiene sentido que se busque que ONGs o militares reemplacen precisamente a ese Estado que no ha funcionado, por lo que parece mas razonable intentarlo por la vía de gobiernos locales bien vinculados con la población local, en vez de buscar por una enésima vez un presidencialismo centralizado que intenta reproducir el funcionamiento de un diseño de pizarrón e imitativo de otros países.

En segundo lugar, es fundamental tener una mirada seria del fenómeno de bandas locales y la actividad criminal de carácter transnacional, como un elemento clave para entender el poder de la delincuencia organizada y porqué el estado no funciona. Y en ese sentido, revisar ideas que resultaron hasta perjudiciales como lo fue la supresión del ejército. Aduciendo su pasado ligado al régimen de los Duvalier.

Por último, y muy importante, la comunidad internacional debiera ver hoy a Haití como un laboratorio relevante para entender que puede ocurrir si es que se concretan algunos de los malos pronósticos de lo que podría pasar en países pobres, si se materializa el cambio climático en términos de migraciones y colapso prolongado de servicios estatales.

En lo personal no creo que el cambio climático sea el fin del mundo, pero es indudable que el fenómeno existe, y que con razón o sin ella, multitudes van a reclamar en algunos años asilo climático en las fronteras del mundo desarrollado. Como consecuencia, y aunque es solo parcialmente una explicación para los problemas de hoy de Haití, si le puede proporcionar al resto del mundo lecciones de cómo prepararse para un escenario similar en otros lugares.

Y aprender para reaccionar mejor como comunidad internacional.

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