¿GLOBALISMO O AMERICANISMO? (I)

La gran diferencia – y se trata de una novedad que casi podría calificarse de sorprendente – es la manera en que ambos afrontan la política exterior...

Con todos los matices y reservas que se deban aceptar, las políticas domésticas propugnadas por Hillary Clinton y Donald Trump no se distancian gravemente de lo defendido por los partidos que los han nominado.  Quizá Trump parezca más interesado en las pequeñas empresas que sus predecesores y Clinton esté más dispuesta a acentuar aspectos relacionados con la mujer que otros demócratas.  Con todo, en lo sustancial, siguen caminos más que trillados.  Las referencias a las bajadas de impuestos y a la menor intervención del estado por parte de Trump o la carta feminista o los guiños hacia las minorías procedentes de Hillary Clinton resultan cualquier cosa menos originales.  La gran diferencia – y se trata de una novedad que casi podría calificarse de sorprendente – es la manera en que ambos afrontan la política exterior.

Aunque suele repetirse a menudo que los republicanos son más cercanos a desempeñar el papel de halcones y los demócratas el de palomas, semejante afirmación no resiste el análisis histórico.  Fueron dos presidentes demócratas – W. Wilson y F. D. Roosevelt – los que gobernaron Estados Unidos durante dos guerras mundiales y también perteneció a ese partido el que asumió la guerra de Corea – Harry Truman – y los que – JFK y LB Johnson – impulsaron la escalada del conflicto en Vietnam.  El mismo Obama, a pesar de las continuadas acusaciones de debilidad y pacifismo,  bombardeó siete naciones en sus primeros cinco años lo que no está nada mal como hoja de servicios bélica para un premio Nobel de la paz.  Los presidentes de Estados Unidos habrán podido, individualmente, sostener posiciones diferentes en política internacional, pero no se han debido, en general, a su adscripción de partido.  A decir verdad, las soluciones y las metas han sido con frecuencia muy similares.  Trump y Clinton presentan, sin embargo, ópticas opuestas que derivan de su preferencia por lo que podríamos denominar, respectivamente, el americanismo y el globalismo.

Dejemos claro desde el principio que ambos candidatos apelan a América y que ambos creen en su proyección internacional.  Incluso podría señalarse que los dos asumen que esa posición debe ser indiscutiblemente hegemónica.  Sin embargo, ese supuesto se afronta desde perspectivas bien distintas.  Donal Trump propugna los principios de un americanismo con paralelos históricos en demócratas y republicanos y que incluso cuenta con paralelos indudables en los Padres fundadores.   Así, no desea un aislamiento internacional, pero no ve sentido alguno a los acuerdos comerciales suscritos con México y Canadá que, en su opinión, perjudican a Estados Unidos.  Igualmente, no siente entusiasmo alguno hacia el TTIP con la Unión Europea, una de las bazas más relevantes – a pesar de la escasa atención de los medios – de la política internacional de Obama que, presumiblemente, seguirá siendo impulsaba por Hillary Clinton.  Por el contrario, Trump aboga por la articulación de un proteccionismo favorable a las empresas americanas aunque eso implique su repatriación de China.  Se puede discutir hasta qué punto semejante visión se corresponde con la realidad y si de verdad beneficiará a pequeñas y medianas corporaciones creando empleo en Estados Unidos, pero lo que resulta difícil de discutir es que Trump no es un globalista y que si cree que lo que es bueno para la GM es bueno para Estados Unidos, lo matiza con la idea de que siempre que la GM no se lleve sus factorías a China, México o Europa.

Igualmente, Trump no ve sentido a las intervenciones armadas en el exterior que – seamos sinceros – no han concluido con éxito e incluso han significado una sangría de recursos para la nación.  Se suele mencionar, no sin razón, que con el gasto de la guerra de Irak hasta 2010, se hubiera podido pagar la sanidad de todos los norteamericanos durante medio siglo.  Se piense lo que se piense de la intervención en Irak es un dato que obliga a la reflexión.  Porque no sólo se ha tratado de Irak, sino también de Afganistán, Libia, Ucrania y otras revoluciones de colores y primaveras árabes que, salvo para algunas instancias muy concretas, no han beneficiado ni a la economía ni a la posición exterior de Estados Unidos.  Se suele escuchar con frecuencia que la presidencia de Obama ha sido débil y pasiva en el terreno internacional.  La realidad es muy diferente.  La política exterior de Obama ha sido notablemente agresiva, pero no ha logrado ni enderezar del todo los fracasos d las intervenciones armadas de George W. Bush – ni la intervención de Irak ni la de Afganistán se han saldado con los triunfos que se apresuró a anunciar con poca prudencia el presidente republicano – ni ha coronado con éxito sus distintas iniciativas y, desde luego, no ha contentado a determinados lobbies o grupos de exiliados cuyas peticiones para intervenciones añadidas en el exterior no ha secundado como hubieran deseado.  Pero no podemos engañarnos.  Que la policía no acuda a mi casa con la rapidez que yo desearía cuando un ladrón entra por una ventana no significa que no esté persiguiendo a los traficantes de drogas en la ciudad.  Cuestión aparte es que tenga éxito en ese cometido.  Obama ha optado, excepcionalmente, por una política de contención que ha sido criticada, pero que se convirtió en la única salida tras la aniquilación del fiel de la balanza del equilibrio que significaba Irak.  Igualmente, será acusado durante mucho tiempo de ser pro-árabe y anti-israelí a pesar de ser el presidente que más dinero público ha entregado a Israel y de contar con personal muy cercano que tiene pasaporte israelí y norteamericano.  La realidad – deseo insistir en este aspecto – es que su política ha sido notablemente agresiva – algunos dirían que incluso agresora – en Asia, África y Europa y que las posiciones de Trump al respecto implican un intento correctivo que recuerda las advertencias de los Padres fundadores en contra de las intervenciones en el extranjero y de las alianzas militares prolongadas.  Semejante visión se traduciría, por ejemplo, en aflojar el cerco que se ha ido estableciendo en torno a Rusia durante la administración Obama e incluso en mantener unas relaciones amistosas con un Putin que no amenaza la hegemonía norteamericana y al que más vale tener como aliado frente a China que unido a la potencia asiática frente a Estados Unidos.  Igualmente implicaría involucrar menos a Estados Unidos en Oriente Medio.

En otras palabras, para Trump, América ni puede ni debe perder su posición hegemónica en el mundo, pero, precisamente por ello, debe evitar contiendas que poco o nada le aportan, que sólo causan beneficios a determinadas transnacionales y que incluso contribuyen a aumentar la deuda y el déficit.  Incluso sería de justicia que si la NATO va a sobrevivir – remozada, eso sí – los aliados asumieran unos gastos que el contribuyente americano lleva sobre sus hombros casi a solas.

Se compartan o no sus posiciones, lo cierto es que la visión de Trump parte de la base de que, efectivamente, América es lo primero y de que determinados planes globales, aunque la tengan por protagonista, no sólo no le convienen sino que la perjudican.  Distanciarse, pues, de los deseos de determinados lobbies y de la conducta abusiva de ciertos aliados se convierte en política imperativa.  La posición de Hillary Clinton es muy diferente, pero de ello hablaré en la próxima entrega.

CONTINUARÁ