Desigualdad de ingresos no significa pobreza/Income Inequality Is Not the Same as Poverty

Por Dr. Jose Azel Publicado el lunes 16 de julio, 2018

Desigualdad de ingresos no significa pobreza

Durante años he publicado columnas sobre desigualdad, entre ellas: “Huyendo de la igualdad”, “Injusticia redistributiva”, “Los ricos no existen”, y otras reproducidas en mi libro “Reflexiones sobre la Libertad”. Invariablemente, este tema crea la correspondencia con más odio que recibo. Determinado, trataré nuevamente, motivado esta vez por el excelente análisis de Steven Pinker en su último libro“Ilustración Ahora”.

Comencemos definiendo los términos, como demandaba Voltaire. Defiendo solamente la desigualdad resultante de creación legítima de bienes y servicios. Es importante cómo surge la desigualdad. Ganancias resultantes de privilegios gubernamentales, prácticas comerciales injustas, deshonestidad, corrupción, favoritismo, etc. son ilícitas y deben perseguirse vigorosamente. No me ofende la desigualdad como tal, sino la que surge de ingresos ilícitos.

Tomaré un ejemplo ofrecido por el Dr Pinker. J K Rowling es la novelista británica que creó las series de Harry Potter que vendió más de 400 millones de copias. En su historia “de harapos a la riqueza”, Rowling fue de vivir de beneficios del Estado a ser el primer autor billonario. Es una de las personas más ricas del mundo y ha donado mucha de su fortuna a obras caritativas.

Como aficionados, hemos traspasado voluntariamente a Mrs Rowling una parte de nuestro capital por el placer de leer sus libros o ver las películas de Harry Potter. La hicimos muy rica y así incrementamos la desigualdad, pero esto no ha empobrecido a nadie. Lo mismo puede decirse de los productos creados por Microsoft de Bill Gates, Apple de Steve Jobs, y muchos otros que han mejorado nuestras vidas y les hemos agradecido financieramente.

La riqueza no es, como en la repetida analogía, un pastel de tamaño fijo que hay que repartir forzosamente para alcanzar alguna igualdad artificial. La riqueza global, medida por crecimiento económico, es un pastel siempre creciendo y ofreciendo mayores pedazos para cada uno. Aunque, de acuerdo, los pedazos no serán necesariamente del mismo tamaño para todos.

Y aquí está la paradoja. Como destaca Pinker, la vida “debe haber comenzado en un estado de igualdad original, porque cuando no hay riqueza todo el mundo comparte pedazos iguales de nada”. Es solamente cuando se comienza a crear riqueza que algunos terminarán con más que otros. Cuando una sociedad comienza a crear significativas oportunidades para la riqueza, algunos indudablemente tomarán mayores ventajas de esas oportunidades.

“Sea por suerte, habilidades o esfuerzo”, las ganancias serán desproporcionadas. Ausente algún esquema artificial de redistribución de ingresos, la desigualdad “absoluta” es matemáticamente necesaria. Pongo “absoluta” entre comillas para distinguirla de la “relativa” desigualdad. Desigualdad absoluta es la diferencia entre los más ricos y los más pobres. Cuando los países se enriquecen, algunos individuos se enriquecen más que otros, pero todos estarán relativamente mejor. Lo relevante es cuánto ingresamos o consumimos, no lo arriba o abajo que clasificamos comparados con otros.

La desigualdad de ingresos es notoriamente difícil de medir. Una de las mejores herramientas de medirla es el coeficiente Gini en varias versiones. El índice Gini trabaja más o menos así: un coeficiente Gini de 0 significa igualdad perfecta, por ejemplo, si todo el mundo tiene el mismo ingreso. Un coeficiente de 1 significa que una persona recibe todo el ingreso, desigualdad perfecta. En la práctica, los valores Gini se mueven en un rango entre 0.25 para los países más igualitarios hasta 0.70 para aquellos con una distribución elevadamente desigual. Las naciones pobres africanas muestran gran desigualdad, mientras las ricas naciones escandinavas son más igualitarias.

Las medidas se complican cuando consideramos transferencias sociales como cupones de alimentos y otras asistencias para familias necesitadas. A finales de los 2000 el coeficiente Gini en EEUU antes de transferencias sociales era 0.486; después de las transferencias descendía a 0.378. Más interesante aún, si medimos el coeficiente Gini por lo que consumimos más que por el ingreso, el incremento de desigualdad reportado recientemente desaparece completamente.

El coeficiente Gini muestra que la desigualdad en el mundo declina, pero cometemos un error analítico y moral cuando nos enfocamos estrechamente en la desigualdad de ingresos. Lo realmente importante es qué tan bien están las personas, no su posición con relación a otras personas.

*Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor*

El ultimo libro del Dr. Azel es “Reflexiones sobre la Libertad”

Income Inequality Is Not the Same as Poverty

Over the years I have published a number of columns on inequality. Among these are “Fleeing Equality,”“Redistributive Injustice,”The Rich Do Not Exist,”and others reproduced in my book “Reflections on Freedom.”Invariably, this topic brings me the most hateful correspondence. Undeterred, I will try again motivated, this time, by the excellent analysis presented by Steven Pinker in his latest book, “Enlightenment Now.”

Let’s begin defining the terms as Voltaire demanded. I am defending only the inequality that results from legitimate creation of value in goods and services. It matters, how inequality comes about. Gains resulting from government granted privileges, unfair business practices, dishonesty, corruption, cronyism, etc., are illicit and must be prosecuted vigorously.  What offends me is not inequality as such, but that inequality that results from illicit gains.

Let me borrow an example offered by Dr. Pinker.  J. K.  Rowling is the British novelist, who created the Harry Potter series that sold more than 400 million copies. In her “rags to riches” life story, Rowling went from living on state benefits to being the world’s first billionaire author. She is one of the richest persons in the world, and has given away much of her fortune to charity.

We have voluntarily handed over to Ms. Rowling a portion of our capital for the pleasure of reading her books, or watching the Harry Potter films. We made her very rich, thus increasing inequality, and this has not made anyone worse off. The same can be said of the products produced by Bill Gates’ Microsoft, Steve Jobs’ Apple, and so many others who have enhanced our lives, and we have thanked them financially.

Wealth is not, in the overused analogy, a fixed size pie that needs to be forcibly distributed to achieve some artificial equality. Global wealth, as measured by economic growth, is a pie that is ever increasing, and providing larger slices for everyone. Although granted, the slices may not be of the same size for all.

And here is the paradox. As Pinker notes, life “must have begun in a state of original equality, because when there is no wealth, everyone has equal shares of nothing.” It is only when wealth begins to be created that some will end up with more than others. When a society starts to create meaningful opportunities for wealth, some people are likely to take greater advantages of those opportunities.

“Whether by luck, skill, or effort,” gains will be disproportionate. Absent some artificial income redistribution scheme, “absolute” inequality is a mathematical necessity. I placed “absolute” in quotations to distinguish it from “relative” inequality.  Absolute inequality is the difference between the richest and the poorest. As countries get richer, some individual will get richer than others, but everyone will be relatively better off.  What is relevant is how much we earn or consume, not how high or low we rank in relation to others.

Income inequality is notoriously difficult to measure. One of our best inequality measuring tools is the Gini coefficient in several versions. The Gini ratio works something like this. A Gini coefficient of zero means perfect equality, for example, if everyone has the same income. A Gini coefficient of one means that one person gets all the income – perfect inequality.  In practice, Gini values range from 0.25 for the most egalitarian countries, to 0.70 for those with a highly unequal distribution. Poor African nations show high inequality, whereas rich Scandinavian nations are most egalitarian.

Measurements get more complicated when we consider social transfers such as food stamps, and other assistance for needy families. In the late 2000s, the United States Gini coefficient before social transfers was 0.486; after transfers inequality decreases to 0.378. Even more interesting, if we measure the Gini coefficient on what we consume, rather than on income, the recently reported increase in inequality disappears.

The Gini coefficients shows that inequality worldwide is declining, but we make an analytical and moral mistake when we focus narrowly on income inequality. What is really important is how well-off people are, not how they rank in relation to others.

*The opinions published herein are the sole responsibility of its author.*

Dr. Azel‘s latest book is “Reflections on Freedom.”