¿Chile en revolución?

Ricardo Israel.

“Revolución en Chile” es uno de los libros más vendidos en la historia del país. Fue publicado en 1963 por Guillermo Blanco y Carlos Ruiz-Tagle, quienes satirizaban describiendo la visita de una supuesta periodista norteamericana (Sillie Utternut), la que malinterpretaba todo lo que veía como parte de una revolución.

¿Está pasando algo semejante hoy? La verdad es que mientras no se resuelva el tema del poder no podemos hablar de una revolución, pero si de un proceso que puede llegar allí, y que por ahora es el producto tanto de un cambio generacional como cultural, y también de la derrota política de quienes hicieron la transición a la democracia y se turnaron en el poder hasta la elección de Gabriel Boric.

Una narrativa de cambio se ha impuesto, pero no es una revolución, al menos no todavía, y ello va a depender en gran medida de lo que ocurra con la propuesta constitucional y lo que decida el electorado, con aprobación o rechazo en el plebiscito que va a tener lugar este 4 de septiembre.

Ese resultado va a determinar si el gobierno de Boric será visto en el futuro como uno de transición a un nuevo régimen político o simplemente uno más que no pudo cambiar el sistema. Chile no había vivido una coyuntura pre revolucionaria desde la Unidad Popular del siglo pasado, aunque Salvador Allende nunca dispuso de la posibilidad de cambiar la constitución y, por lo tanto, las reglas del juego.

Chile ha tenido una explicación que le ha hecho mucho daño, la de su supuesta excepcionalidad. La verdad es que no hay nada de eso, y lo que está ocurriendo es más pequeño, el redescubrimiento de algo siempre presente en su historia, la rapidez con la que nuevas elites adoptan modas, tanto del primer mundo como de la propia América Latina.

La legitimidad viene de una Convención, consecuencia de una gran violencia callejera en el mes de octubre del 2019 para unos, pero también fue para otros el resultado de un acuerdo político que condujo a una reforma constitucional, donde el presidente, diputados y senadores entregaron la potestad constituyente a 155 personas electas, en paridad de género y con escaños reservados para pueblos indígenas, lo que fue aprobado por un 78% en plebiscito.

Somos testigos del doble principio de oro de la democracia, que los resultados donde el pueblo se ha expresado deben respetarse, como también que los países deben hacerse responsable de las decisiones que se toman a su nombre. Por lo mismo, la legitimidad de origen puede perderse por el ejercicio del poder, de todo poder, y ello incluye a quienes definen las normas de la ley fundamental.

En los últimos dos años, el electorado chileno se ha pronunciado en distintas ocasiones, y ha entregado resultados diferentes, eligiendo en un caso a la actual coalición, pero con un empate en el Congreso. Aún más llamativo es el hecho que la mayoría de la Convención Constituyente fueran fuerzas nuevas que no habían tenido mayor presencia en la institucionalidad, y que eran partidarias de una profunda refundación de lo que se ha entendido por Chile, es decir, no solo la herencia de Pinochet, sino en variados puntos, lo que ha sido la evolución del país desde su independencia en el siglo XIX, incluyendo los símbolos patrios.

Con lo aprobado ya por los 2/3 de la convención, quien escribe estas líneas se puede formar una idea al ser parte del borrador de constitución. ¿Puede cambiar en algo la orientación? Por cierto, las encuestas muestran hoy un virtual empate entre el apruebo y el rechazo, una indicación de cómo se puede perder apoyo y la oportunidad de hacer una constitución que no sea una imposición, sino un reflejo del país. De hecho, fuertes impulsores del proceso como los medios de comunicación y expresidentes como Frei, Lagos o Bachelet han expresado su preocupación por el curso tomado, pero al mismo tiempo hay en la convención una mayoría a favor de reinventar al país que está convencida de una oportunidad para refundar Chile que quizás no vuelva a repetirse. El Golpe de 1973 quiso afectar el carácter democrático y la economía y la sociedad, pero la radicalidad actual quiere también cambiar el curso no solo el actual, sino la trayectoria que se ha seguido desde antes, mucho más allá del reemplazo de una constitución por otra, para intentar modificar modificarla historia republicana misma de Chile.

No son versiones conocidas en otros textos constitucionales, ni en la extinta Unión Soviética como tampoco en Cuba o en el chavismo posterior de Venezuela y otros países de la región. Mas aún, en su pluralidad jurídica y en el indigenismo se va más allá de la constitución de Evo Morales, sin tener los números de población indígena de Bolivia.

En varias disposiciones es un experimento, es decir, sin experiencia previa en Chile u otros países. Es un experimento refundacional, con la marcada característica de ser una de las primeras constituciones que puede ser definida en su hilo central de posmoderna e identitaria, y en su feminismo se va más allá de la igualdad como también en el caso de las naciones indígenas. Lo identitario recuerda elementos de la Critical Race Theory (teoría critica de la raza) y del Black Lives Matter de Estados Unidos, pero reemplazando la raza por la etnia de los pueblos originarios.

No solo en la igualdad y la ciudadanía, el éxito político de la anti política, de la victimización histórica y de movimientos sociales sobre partidos políticos se ha reflejado en disposiciones contrarias a lo que se llama extractivismo en un país minero, en la oposición a la globalización, en el cuestionamiento a la inversión extranjera y en el otorgamiento de derechos a la naturaleza.

Dentro de esta visión predomina una particularidad, lo que se conoce como Decolonialidad o decolonialismo, aquel movimiento emergente en América Latina que critica a la modernidad con una teoría que rechaza toda herencia recibida desde la civilización occidental y a todo el proceso conocido como la ilustración, yendo por lo tanto mucho más allá de la crítica a la democracia representativa. Es una representación actualizada del proletariado marxista, y donde la característica de sujeto colectivo puro de la historia se encarna en el indigenismo.

Es una revolución cultural, que a diferencia de la maoista que cuestionaba a Confucio, aquí se hace con una matriz que en el caso de los pueblos indígenas viene desde la colonia, con una independencia republicana que solo perpetuó esas desigualdades, y una globalización que la ha distribuido en todo el mundo.

Su discurso es crítico de la racionalidad y se centra en lo emocional y en las deudas colectivas, avanzando mucho más allá del esquema centro-periferia de la teoría de la dependencia cepaliana del siglo pasado.

Esta fuerte representación de la decolonialidad en la Convención Constituyente chilena pasó totalmente desaperciba en el proceso de su elección y solo se ha hecho patente en la medida que se han ido aprobando artículos para el borrador a ser plebiscitado, una vez que sea revisado por una comisión interna de armonización de normas.

Ha sido toda una novedad la fuerza de esta visión que acostumbraba a ser marginal o limitada a universidades, que ha sorprendido al avanzar sin transar. Como han superado el exigente estándar de dos tercios con el que equivocadamente pensaron en protegerse los congresistas, en esta convención se ha unido esta mirada con la de la izquierda más radical cediendo unos a las peticiones de los otros para lograr el umbral, al cual se han sumado también adherentes de las tesis de Carl Schmitt, lo que no parece molestar a algunos influyentes ideólogos que siguen a este autor, a pesar -lo sepan o no-de su vínculo con el nacismo hitleriano.

Una consecuencia en Chile del colapso del centro y de sectores políticos tradicionales, es que la búsqueda de acuerdos o consensos amplios ha tenido poca importancia, lo que ha contribuido a que, en el borrador constitucional, se haya reemplazado a la justicia como poder por una especie de servicio público y se haya eliminado al Senado, es decir, han desaparecido elementos de contrapeso al predominio de una mayoría circunstancial.

Como conclusión, al igual que en otras experiencias del pasado, no hay consenso sino imposición en este proyecto, como también ausencia de la visión de la constitución como construcción de unidad nacional y de un Estado que transmita sentido de propósito y destino compartidos.

Descartada la posibilidad de construir por primera vez un texto constitucional que refleje la idea del país como una casa común, la decisión de los chilenos en septiembre será doblemente importante para efectos de resolver en definitiva el tema del poder, correspondiéndoles definir no solo el tipo de constitución que prefieren, sino también si esta situación pre revolucionaria se orientará o no por el camino de una revolución.

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