AMIGO LUIS, ESPERO QUE ME ENTIENDAS

Con enorme sorpresa, encuentro que mi buen amigo Luis Fleischman ha publicado un artículo en esta misma ilustre tribuna en respuesta a lo que denomina mi “posición sobre el conflicto israelí/palestino”.

Con enorme sorpresa, encuentro que mi buen amigo Luis Fleischman ha publicado un artículo en esta misma ilustre tribuna en respuesta a lo que denomina mi “posición sobre el conflicto israelí/palestino”.  Y digo con enorme sorpresa no porque lo escriba – que es una conducta muy respetable – ni tampoco por las posiciones que defiende – que no lo son menos – sino simplemente porque, al parecer, ha leído cosas en mi modesto artículo que no he dicho ni por aproximación.  Convencido estoy de que la falta ha de atribuirse a mi que no he sabido explicarme mejor.  Eso me obliga a hacerlo siquiera porque algunas de las afirmaciones de mi amigo Luis devuelven desdibujada de tal manera mi postura sobre la resolución que motivó tanto un artículo suyo como otro mío que no tengo más remedio que clarificar algunas cuestiones sin ánimo de ser exhaustivo, pero sí con el deseo de que no dar lugar a equívocos graves.

En primer lugar, el tema de los asentamientos es esencial en esta cuestión.  Hay una parte no pequeña de la sociedad israelí y de las comunidades judías en la Diáspora que mantiene exactamente la misma posición que yo y exactamente por la misma razón.  Constituyen una violación flagrante de la IV Convención de Ginebra.  Al respecto, no ahora y fruto de una conjura antisemita sino en 1967 , la Asamblea general de la ONU resolvió que Israel había ocupado los territorios de Gaza y Cisjordania y que, por lo tanto, tenía que comportarse de acuerdo con la IV Convención de Ginebra y otros acuerdos (2252. Es-V, de 4 de julio de 1967).  Semejante posición volvió a ser reiterada en 1980 (UN 35/12ª, 11 de diciembre de 1980).  De manera semejante, el Tribunal internacional de justicia ha declarado que “de pocas proposiciones puede decirse que tengan una aceptación casi universal… como ocurre con la de que la presencia de Israel en el territorio palestino de Cisjordania, incluidas Jerusalén oriental y Gaza, constituye una ocupación militar regida por el régimen internacional aplicable a las ocupaciones militares” (ICJ Reports 2004).  Obviamente, para saber si la resolución que ha motivado estos artículos es injusta o no hay que centrarse precisamente en esa cuestión.  Si existe tal violación del derecho internacional, la resolución – que condenó también el terrorismo y la crispación – es justa y si no existe esa violación es injusta.  La aplastante mayoría de los expertos en derecho internacional de todos los países – no sólo palestinos, árabes, musulmanes o izquierdistas -consideran que es ilegal esa construcción de asentamientos y, por lo tanto, la condena de los mismos es conforme a derecho.  Dicho sea de paso, esa es exactamente la posición de las distintas administraciones de Estados Unidos aunque luego no la hayan respaldado con hechos.  Por lo tanto, la posición de Obama – e imagino que nadie me considerará obamista – tampoco es nueva sino que continua en la senda de otras.  En otras palabras, como señalé en el título ni es injusta ni es nueva.

No soy tan optimista como Luis en la cuestión del desmantelamiento de los asentamientos – me gustaría serlo – y no creo que puedan compararse con lo sucedido en el Sinaí ni en Gaza, pero no tengo una bola de cristal para acceder al conocimiento del futuro y, como vía de hipótesis, es posible que su optimismo esté más justificado que mi pesimismo.

Segundo, sinceramente no creo que se pueda afirmar que presento una visión de los hechos donde “los Palestinos resultaron inocentes perdedores, víctimas de un engaño internacional, y de un despojo colectivo”.  Sí es cierto que tampoco presento otra donde los israelíes – si se me permite la parodia – son inocentes vencedores, víctimas de una conjura internacional y sujetos a una amenaza de extinción.  Creo, en realidad, que ambas descripciones tienen granos de verdad, pero son, fundamentalmente, propaganda más o menos creída y más o menos interesada y como tal propaganda constituye un obstáculo directo para dilucidar la situación y solucionarla eventualmente.

Tercero, tampoco sostengo, como afirma mi amigo Luis, que  “el proyecto Sionista que creo el estado de Israel era también un proyecto colonialista británico que se gesta a expensas de una población local autóctona que cae víctima de estas circunstancias”.  El proyecto sionista es cierto que se gestó fuera del territorio de Palestina; y que tuvo como protagonistas a judíos que, mayoritariamente, procedían de Europa central y oriental, pero no fue un “proyecto colonialista británico”. A decir verdad,  sus protagonistas buscaron el respaldo de cualquier imperio que pudiera ayudarlos a coronarlo con éxito.  Lo intentaron con el imperio otomano que desoyó la cuestión; se acercaron al káiser alemán Guillermo II para lograrlo – todos hemos visto la foto de Herzl con él aunque, al parecer, hubo que trucarla porque no salió bien – y, en un momento dado, acabaron obteniendo la recepción soñada del imperio británico, en plena primera guerra mundial.  Por lo tanto, ni fue  – ni yo lo he afirmado – un proyecto colonialista británico.  Sí, es un proyecto que intentó apoyarse en la benevolencia de diferentes imperios y, al final, tuvo como resultado positivo la Declaración Balfour.

Cuarto, por muchas vueltas que le demos a la cuestión del nombre del territorio, de las administraciones que lo controlaron y otras cuestiones hay aspectos que son objetivamente irrefutables.  El primero es que los árabes eran una mayoría aplastante en relación con los judíos; que los judíos – aunque hubiera algunos – en su inmensa mayoría comenzaron a llegar a partir de 1917 y que en 1947, cuando tuvo lugar la partición, las proporciones eran evidentemente claras:   los árabes eran el 69 por ciento de la población y tenían la propiedad del 92 por ciento de la tierra – aunque el reparto sólo les dejaría el 43 por ciento de la tierra – mientras que los judíos eran el 31 por ciento de la población y teniendo menos del 8 por ciento de la tierra iban a recibir el 56 por ciento del territorio.  Por añadidura, la tierra más fértil.  Esos son hechos objetivos y fácilmente constatables y no tienen nada que ver con valoraciones y opiniones personales.  Sinceramente, no veo cómo con esos datos se puede hablar de un reparto que perjudicara a los judíos o incluso que les otorgara una parte proporcional a la recibida por la mayoría árabe.  Es decir, no es que yo sostenga que “los territorios Palestinos tenían una superante mayoría Árabe y una minoría judía hacia el final del siglo 19” sino que afirmó que esa situación era la misma en 1947.    Por otro lado, creo que los mismos datos aportados por mi amigo Luis corroboran esa afirmación porque si en 1917, había 85.000 judíos en Palestina – como él señala – resulta obvio que la mayoría llegó después y aún así siguieron conformando una minoría.  Igualmente, al describir la extensión de los asentamientos judíos en las décadas posteriores mi amigo Luis confirma mi tesis: los judíos se fueron extendiendo por territorios donde no estaban en el siglo XIX ni a inicios del siglo XX.  Los logros materiales, con los matices que se deseen, son obvios, pero la llegada de gente de fuera a un territorio y la realización de proezas no legitima, per se, su permanencia.  En realidad, de ser así, los británicos deberían continuar en la India, los franceses en Argelia y los españoles en Hispanoamérica dados los aportes que significaron para esos territorios.

Quinto, llegados a este punto, mi amigo Luis afirma: “Siendo así, la lógica de Vidal que es también la lógica árabe, se resumiría de la siguiente manera: Los árabes son nativos. Los judíos son europeos, por lo tanto no nativos. Por lo tanto el derecho de auto-determinación en la zona lo tienen solo los árabes.  ¿Porque Vidal piensa que la inmigración árabe es legítima mientras la judía no lo es?”.  Sin duda, yo debí expresarme pésimamente para que se pueda entender algo semejante porque ni una sola de esas afirmaciones aparece en mi artículo ni se corresponde con lo que he escrito o pienso.  Es verdad que, a diferencia de los árabes, la mayoría de los judíos no eran nativos de la tierra – incluso acuñaron el término sabrá para diferenciar al que lo era del que no – pero no creo que eso determine la legitimidad de las migraciones.  Aceptemos que todas son legítimas y que incluso la mayoría de los judíos vino de zonas cercanas – lo que no es el caso y no hay más que repasar el árbol genealógico de los padres fundadores de Israel para verlo – ambas circunstancias no invalidan que la mayoría de la población de Palestina fuera árabe.  Desde luego, no baso en esa cuestión ninguna de mis conclusiones y mucho menos se me ocurriría decir que el derecho de auto-determinación lo tienen sólo los árabes.  Sin embargo, si es obligado señalar que el principio de auto-determinación no se aplicó en el caso del mandato de Palestina y, probablemente, fue así porque la mayoría de la población – recordemos que era árabe – no habría aceptado la partición y, en consecuencia, no habría existido estado de Israel. En lugar del referéndum de auto-determinación, como en otros casos, se optó por una resolución dictada desde arriba como fue, por ejemplo, el caso de India y Pakistán.

Sexto, el papel del imperio británico – al que yo no vinculo al sionismo por más que mi amigo Luis lo vuelva a repetir a continuación – en el conflicto de Palestina fue, en general, más favorable a los sionistas que a los árabes.  Fue el mismo David ben Gurion el que reconocería que la sublevación árabe de 1936 se debió al miedo al crecimiento del poder económico judío, a la oposición a la inmigración masiva judía y al miedo a la identificación inglesa con el sionismo.  La alianza entre los sionistas y el poder británico no derivó del deseo de una administración colonial que buscaba defender a las víctimas de ataques.  Hubo mucho más.  En el curso de esa rebelión, la Haganah respaldó directamente los esfuerzos represivos del imperio británico contra los árabes y, de hecho, las autoridades británicas formaron la policía judía de asentamientos, la policía judía supernumeraria y los escuadrones nocturnos especiales.  Estos, en concreto, llevaron a cabo operaciones que el administrador colonial Sir Hugh Foot calificó como “extremas y crueles incluyendo la tortura, la flagelación, el abuso y la ejecución de árabes”.  Ha sido el historiador israelí Tom Segev el que ha indicado que la Agencia judía tuvo éxito en sostener que “el movimiento sionista y el Imperio británico estaban hombro con hombre contra un enemigo común, en una guerra en la que tenían objetivos comunes”.   A pesar de eso, yo no creo que el sionismo fuera un instrumento del imperialismo británico.  Sostengo que buscaba aliados que variaban según el momento y la situación.  Por ejemplo, Segev ha descrito magníficamente cómo ese sionismo pactó con los nazis el envío de judíos a Palestina – siempre que no fueran gente anciana o enferma sino fundamentalmente varones sanos – y cómo en ese episodio tuvo un papel extraordinario el trágicamente famoso Eichmann.  ¿Convierte ese episodio en nazis a los sionistas? Obviamente no, pero sí deja de manifiesto su versatilidad a la hora de buscar alianzas para sus propósitos.  En este caso, ese factor influyó no poco – seguramente más que las presiones árabes – en las posteriores reticencias ante la inmigración judía.  Los británicos no tenían el menor deseo – y es comprensible – de que en las filas de los inmigrantes judíos estuvieran ocultos espías nazis.

Séptimo, mi amigo Luis señala que “Vidal cita al así llamado Plan Dalet israelí diciendo que este plan era un plan para expulsar árabes. Esto es una infamia muy poco digna del Vidal que yo he conocido. El Plan Dalet era un plan militar para asegurar los territorios adjudicados por la ONU a los judíos no era un plan de expulsión”.   Me temo que, llevado por la pasión, mi amigo Luis califica como “infamia” lo que constituye una afirmación histórica irrefutable.   De entrada, los sionistas siempre supieron que iban a expulsar a la población árabe.  El lema de “una tierra sin gente para una gente sin tierra” puede tener un sonido agradable y clara proyección propagandística, pero no se corresponde con la realidad.  Había población y era mayoritariamente árabe.  El mismo Ben Gurión, en junio de 1938, diez años antes de la guerra de independencia, dirigiéndose a la ejecutiva de la Agencia judía afirmó: “Estoy a favor de la deportación obligada.  No veo nada inmoral en ella”.  El documento, por cierto, se custodia en los Archivos centrales sionistas.   Es cierto que entre lo que algún historiador israelí ha denominado “mitos fundacionales” de Israel está el de que los ejércitos de varios países árabes agredieron primero a Israel y entonces éste respondió.  Semejante relato es insostenible históricamente y ha quedado así de manifiesto precisamente por la labor de historiadores israelíes que han exhumado el Plan Dalet.   De ahí su importancia, porque el mismo tenía, cierto, finalidades defensivas, pero también implicaba la expulsión mediante la violencia de  poblaciones árabes ANTES de que entrara en vigor la partición y en zonas no sólo enclavadas en el interior del futuro territorio israelí sino también en sus cercanías.  Comenzando con operaciones de represalia ya en 1947, para marzo de 1948 se había convertido en un plan masivo de expulsión violenta del territorio.   Como ha señalado el historiador israelí Avi Shlaim, el Plan Dalet “proporcionó un permiso para expulsar a los civiles.  Al llevar a cabo el Plan Dalet en abril y mayo, la Haganah directa y decisivamente contribuyó al nacimiento del problema de los refugiados palestinos” (The Iron Wall, Nueva York, 2000, p. 31).

No se trata además de sólo el juicio de historiadores reputados.   La realidad de esos trágicos momentos ha sido reconocida por políticos israelíes como Schlomo Ben Ammí – a quien tuve oportunidad de escuchárselo en directo – y no es para menos porque para cuando tuvo lugar la partición en mayo de 1948 un cuarto de millón de árabes había sido expulsado ya de sus hogares sin que un solo soldado de un ejército de un país árabe hubiera puesto su pie en el territorio del estado judío.  Cuando concluyó la aplicación del Plan Dalet más de setecientos mil árabes habían sido desalojados de su territorio, cerca de quinientas poblaciones habían sido arrasadas y más de once urbes habían visto la expulsión de sus poblaciones árabes.  Creo que esos datos – insisto: proporcionados por historiadores israelíes – muestran hasta qué punto hubo centenares de miles de víctimas árabes.  El coste para la población judía fue importante, pero, a diferencia de los vencidos, Israel con una posesión inicial de menos del 8 por ciento de la tierra, se había apoderado del 78 por ciento. Sin duda, el dolor de los muertos en esa guerra de independencia escapa a las descripciones que podamos llevar a cabo, pero, sinceramente, no creo que se pueda presentar a Israel como la víctima y tampoco se puede retratar a los palestinos como gente que, voluntariamente, se marchó del territorio.  No fue, pues, el resultado de una guerra de agresión contra Israel – que fue ya posterior – sino de un plan ordenado por el mando sionista ya en marzo de 1948.  Pero aunque así no fuera afirmar que “Los palestinos por lo tanto no tienen el derecho a reclamar el retorno a sus hogares” me parece exagerado.  No sólo porque choca con el derecho internacional sino porque plantea problemas muy serios.  Por ejemplo, ¿también han perdido el derecho a regresar a sus hogares los cubanos que huyeron de la dictadura castrista? ¿Han perdido ese derecho los que han llegado a otras naciones ante el espanto que es la dictadura chavista de Venezuela?  Aún más, ¿acaso perdieron ese derecho los judíos cuando huyeron de Palestina tras la destrucción del templo en el año 70 d. de C., o la derrota frente a las legiones de Adriano a finales del siglo II?  Dejo a criterio del lector opinar al respecto.

Octavo, señala mi amigo Luis que “En el año 1967 hubo refugiados pero no hay ninguna evidencia de que fueron expulsados como lo afirma Vidal”.  De nuevo, son los historiadores israelíes los que han dejado constancia documental de los hechos.  Ahron Bregman, en La ocupación, un libro de lectura obligatoria, ha señalado cómo el mismo 10 de junio de 1967, el general Chaim Herzog, primer gobernador militar de Jerusalén, ordenó la demolición de todo el barrio magrebí.  Herzog reconocería después que ni tenía respaldo legal para hacerlo ni se molestó en buscarlo.  En 1999, el comandante Eitan Ben-Moshe descubrió incluso que en la labor de demolición y desalojo, las fuerzas israelíes enterraron vivas a personas que no querían abandonar sus hogares.  Ese desalojo obligado de la población árabe no fue, desgraciadamente, excepcional.  Basta leer el periódico jerosimilitano Kol Ha´ir de noviembre de 1991 para encontrar el testimonio de uno de los soldados israelíes que participaron en este tipo de operaciones.  En él se recoge cómo se expulsaba a los palestinos y antes se pretendía que firmaran que se marchaban no expulsados sino voluntariamente.  Dice así el revelador documento:  “Les obligábamos a firmar… no querían marcharse y los traían de los autobuses a rastras, dándoles patadas y propinándoles culatazos.  Cuando llegaban al puesto (el lugar donde los obligaban a firmar) estaban completamente confusos y ya no les importaba firmar… aterrados, pasaban corriendo al otro lado.  Cuando alguien se negaba a enseñarme la mano (los soldados israelíes) le daban una paliza terrible.  Entonces yo le agarraba el pulgar por la fuerza, se lo hundía en la tinta y conseguía la huella”.  Testimonios hay – y muchos – de esas expulsiones.

Noveno, estoy más que convencido de que el Holocausto influyó, de manera, por otra parte, lógica, en el nacimiento del estado de Israel y en la ayuda que recibió y recibe.   Sí acepto que el concepto de ayuda y de su cuantificación es de apreciación subjetiva y que puede haber legítimas discrepancias.  Por ejemplo, a finales del año pasado, el presidente Obama aprobó un plan de ayuda para el estado de Israel por una cuantía superior en dinero real a todo lo que significó el Plan Marshall para cerca de una veintena de naciones.  A pesar de esa circunstancia, para muchos Obama ha sido un enemigo de Israel e incluso un traidor.  Personalmente, yo cuestiono que Estados Unidos tenga que proporcionar semejante cantidad de dinero del contribuyente a ninguna nación y que Israel reciba diariamente varios millones de dólares de los ciudadanos norteamericanos.  Otros pensarán que toda ayuda es poca y, naturalmente, puedo ser yo el equivocado en esta cuestión.

Décimo, entrar en la carrera política de Netanyahu nos llevaría muy lejos y, de nuevo, es una cuestión subjetiva.  Para muchos – aproximadamente un tercio de la población de Israel – es el hombre adecuado o, al menos, el menos malo.  En una proporción no creo que menor están los israelíes que lo consideran muy negativo para Israel siquiera porque con su actitud ha ido provocando un creciente recelo y distanciamiento de la comunidad internacional.  Todo ello es opinable.  Lo que no resulta opinable es que la última ley que ha impulsado en el parlamento israelí – la verdadera causa de la reciente resolución de las Naciones Unidas sobre cuyo juicio discrepamos mi amigo Luis y yo – implica un intento de anexionarse Cisjordania.   De hecho, fue el propio Naftalí Bennet, ministro de educación y dirigente máximo de Ha-Bayit ha-yehudí quien afirmó durante la misma semana en que se aprobó la ley:  “Este es un día histórico.  Hoy, el parlamento israelí se ha movido de dirigirse hacia el establecimiento de un estado palestino a moverse hacia la soberanía en Judea y Samaria y a despejar cualquier duda al respecto – la regulación contenida en la ley es la punta del iceberg en la aplicación de la soberanía”.  En otras palabras, la ley no tiene una finalidad urbanística sino política, la de imponer la soberanía israelí en los territorios ocupados.  La respuesta de la comunidad internacional fue la resolución de la ONU recordando la ilegalidad de ese tipo de acciones.  Naturalmente, comprendo que haya gente que considere que la acción del gobierno de Netanyahu constituye un paso en la buena dirección, personalmente, yo – y conmigo muchos israelíes y judíos de la Diáspora – pienso lo contrario.

Finalmente, señala mi amigo Luis que “la afirmación de Vidal de que el problema Palestino es el corazón de todos los problemas en el mundo árabe es absurda”.   La realidad es que yo no he realizado nunca esa afirmación.  Es un problema grave, es un problema serio, es un problema sentido no sólo por los árabes, pero no es el “corazón”.  Con todo, su resolución privaría de un poderoso argumento a los que defienden soluciones violentas, totalitarias y terroristas para los problemas de la zona.

Hace unos años, realizando un programa de radio en Jerusalén, tuve ocasión de entrevistar a un veterano de la guerra del Yom Kippur.  Procedente de una familia del este de Europa, había defendido a Israel y visto como su unidad sufría en el Sinaí cerca de un ochenta por ciento de bajas.  Se le humedecían los ojos recordando a sus hombres y se le desataba la lengua lanzando improperios contra Ariel Sharon por lo que consideraba su fanfarronería e incompetencia.  En un momento determinado, le pregunté por las posibilidades de una paz futura.  Me contó entonces cómo, al poco de llegar él a Israel, habían aparecido en los periódicos locales anuncios de una cámara fotográfica a la que se alababa porque se había fabricado con “tecnología alemana”.  Se trataba de una cuestión delicada porque “tecnología alemana” también era la que había causado la muerte de millones de judíos durante el Holocausto.  Sin embargo, el tiempo había ido pasando y, sin olvidar aquella inenarrable tragedia, Israel había normalizado sus relaciones con Alemania.  En aquel entonces, aquel hombre me sonrió y me dijo:  si lo conseguimos con los alemanes a pesar de las cámaras de gas, ¿por qué no íbamos a conseguirlo con los árabes?

A lo largo de mi vida académica, he escrito distintos libros sobre el Holocausto y la Historia judía; he sido premiado por el estado de Israel, en la misma ceremonia que Felipe González y José María Aznar, por ayudar a la mejora de relaciones entre España y este país y he recibido otros reconocimientos por acercar la realidad de esa sociedad a la española.  Sin embargo, ninguna de esas circunstancias me ha llevado a asumir un relato plano, monocolor, partidista y por ello distanciado de la realidad.

El conflicto israelí-palestino requiere la aceptación y el reconocimiento de la injusticia, la violencia y el horror perpetrados y sufridos por ambas partes.  Cualquier relato que asuma sólo la condición de víctima inocente y atribuya al otro la de simple verdugo es falso de raíz, pero, por encima de todo, no contribuye a sembrar las semillas de la paz sino las de la perpetuación del conflicto.  La satanización del contrario – incluso su retrato como un ser subhumano – las jugadas con ventaja en el terreno de la política y las deformaciones de la Historia en favor de los mitos y de la propaganda pueden satisfacer a los que creen ganar el día.  Sin embargo, al actuar así, pierden el mañana y condenan a las generaciones venideras a contemplar la perpetuación de la violencia y de la injusticia.  Yo pretendo – quizás sueño – con todo lo contrario.

      Sueño con asumir y reconocer el horror y los sueños de ambas partes;

      Sueño con llegar a un punto en el que ninguna sea objeto de abuso y

      Sueño con ver un futuro mejor si no para los padres, al menos, sí, para los hijos.

      Y esta vez, espero, amigo Luis, haberme expresado con mayor claridad.  Espero que me entiendas.

*Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor*