A LA BUSCA DEL VOTO (I): Donald Trump

En este artículo y en el próximo, quisiera señalar las razones por las que tanto Donald Trump como Hillary Clinton harán acopio de distintos votos.

Con los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos designados oficialmente, de aquí hasta final de año vamos a asistir a un pugilato en el que no faltarán, previsiblemente, los golpes bajos.  En este artículo y en el próximo, quisiera señalar las razones por las que tanto Donald Trump como Hillary Clinton harán acopio de distintos votos.   De manera bien significativa, en la decisión pesará enormemente la repulsión por el otro candidato y ambos además van a atraer votantes totalmente contradictorios que, tradicionalmente, han votado al partido opuesto.

¿Quién va a votar a Trump?  En primer lugar y aquí el target de Trump es muy similar al de Bernie Sanders, lo harán los que piensan que el sueño americano ha dejado de cumplirse.  Durante toda su vida, han creído que existía un pacto no escrito, pero innegable, que aseguraba que, trabajando, respetando la ley y pagando impuestos, podrían acabar teniendo una casa propia, un retiro digno e incluso la posibilidad de enviar a los hijos a la universidad.  A día de hoy, en opinión de muchos, ese pacto social ya no se corresponde, lamentablemente, con la realidad.  A ese punto de vista los han arrastrado, entre otras razones, la crisis inmobiliaria de hace menos de una década o las deudas que acumulan los jóvenes que concluyen sus estudios universitarios no pocas veces con débitos superiores a los trescientos mil dólares.  Muchos apoyaron a Sanders pensando que se enfrentaría con esos males; muchos votarán a Trump en la creencia de que puede volver a reactivar el viejo pacto social.

En segundo lugar, votarán a Trump los que desean “ley y orden”.  Están cansados de escuchar malas noticias – aunque vengan del otro lado del Atlántico – y les horroriza que alguien pueda disparar a un policía o que lo que sucede en Europa con inmigrantes musulmanes acontezca en territorio americano.  En términos fríamente estadísticos, las posibilidades de que alguien muera en un atentado terrorista en Estados Unidos son muy inferiores a las que existen de que fallezca en el baño o atropellando a un ciervo por la carretera.  Pero una cosa es la estadística – por más que ésta incluya también las víctimas de los atentados del 11-S – y otra es la percepción.  Para los que perciben una inseguridad creciente, Trump es el candidato.

En tercer lugar, votarán por Trump los que están cansados de aventuras extranjeras, pero también los que quieren mayor intervención armada en el exterior.  Se trata de una contradicción absoluta, pero, desde mi punto de vista, innegable.  Por un lado, están los aislacionistas.  En contra de lo que pueda pensarse en el extranjero y en contra de la línea seguida frecuentemente por políticos y medios en Estados Unidos, el americano medio es aislacionista.  Pero además, tras década y media de conflictos armados irresueltos, son millones los que no ven razón alguna para que sus muchachos sigan combatiendo en Irak o en Afganistán o intervengan directamente en Siria u otro punto del globo.  Antes de adecentar la casa ajena, desean que se arregle la propia.  Su punto de vista, guste o no, es absolutamente razonable.  Dado que Trump es un aislacionista, es lógico que vean en él a su candidato, a diferencia de una Hillary Clinton que ha estado detrás de las denominadas “primaveras árabes”.

Sin embargo, al mismo tiempo y de manera totalmente contradictoria, Trump recogerá el voto – bastante errado, según yo lo veo – de aquellos que consideran que tras una paloma Obama sólo puede venir un republicano halcón.  Se equivocan.  Si lo que desean es un halcón dispuesto a intervenir en el exterior, su candidato es Hillary.  Trump hará todo lo posible – cuestión aparte es que lo consiguiera – por evitar lanzar a la nación a más intervenciones armadas.  Que sea verbalmente agresivo no significa que sea un personaje de western de Clint Eastwood.

En cuarto lugar, votarán por Trump los que están hartos de que las corporaciones americanas se vayan al extranjero.  Recuerdan como una época dorada aquella en que Estados Unidos daba trabajo a millones de americanos en industrias que, hace ya tiempo, se han desplazado a China o a México.  Ansían de todo corazón que esas compañías americanas den trabajo a americanos en suelo americano y, ciertamente, Trump coincide con su punto de vista.  A decir verdad, propugna una visión proteccionista y anti-globalización y se sentiría más que satisfecho si esas empresas se relocalizaran en Estados Unidos.  Desde luego, es más que posible que intente renegociar el tratado de libre comercio con México y que frene los trámites para un tratado aún más amplio con la Unión Europea.

En quinto lugar, votarán por Trump los que desean que se cierre la puerta a los inmigrantes.  Muchos de esos votantes no están en contra de la inmigración en si, pero consideran que no se puede seguir soportando la entrada de un flujo continuo de extranjeros.  En especial, sienten una honda preocupación frente a los mexicanos – el ochenta por ciento de los hispanos en Estados Unidos – y los musulmanes que, desde su punto de vista, no están convirtiendo Europa precisamente en un remanso de paz.   En este grupo, no sólo se encuentran los anglos sino también aquellos inmigrantes ya establecidos en Estados Unidos que desean, lisa, clara y llanamente, que se cierre la puerta porque ellos ya están dentro de manera irreversible.

En sexto lugar, votarán por Trump los que consideran que el gasto público es excesivo.   En realidad, el número de funcionarios en Estados Unidos no es elevado si se compara con el resto del continente o con Europa, pero, para muchos norteamericanos, se trata de una situación intolerable.  De manera semejante, la mayoría de la población no entiende que Estados Unidos es la única nación del mundo que puede costearse un déficit como el que no han dejado de aumentar republicanos y demócratas desde hace décadas. De nuevo, la percepción de la realidad es más determinante que los hechos desnudos.  Por añadidura, no es disparatado creer que la política aislacionista de Trump tendrá, entre otros efectos, una disminución del gasto público.

En séptimo lugar – y es la gran fuerza de Trump – lo votarán los que piensan que les están robando su país.  Que esta parte del mensaje de Trump es molesta para no pocos votantes del partido republicano resulta obvio, pero ahí radica buena parte de la capacidad de atracción del candidato.  Esa sensación resulta especialmente acentuada en poblaciones pequeñas.  Permítanme dar algunos datos.  De los 19.509 “incorporated places” que existían en Estados Unidos en el censo de 2014, la mayoría eran pequeños.  El 85 por ciento – 16.486 – tenían poblaciones de menos de diez mil habitantes.  Otro 12 por ciento – 2.274 – contaban con poblaciones entre las 10.000 y las 50.000 personas.  Sólo el 4 por ciento – 749 – superaba los 50.000.   Esas poblaciones con menos de diez mil habitantes constituyen entre el 9 y el 10 por ciento del censo nacional, pero en el medio oeste y en el sur, el porcentaje se dispara llegando al 46 y al 34 por ciento.   A diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo como Europa occidental, estas poblaciones no sólo no han disminuido sino que se han incrementado en lo que va de década.  Las cifras del incremento andarían en torno al 1 por ciento.  El triunfo de Trump en esos lugares es mucho más seguro que en Filadelfia, Chicago… o Miami.

Esta gente no sólo siente marcadas reticencias hacia la inmigración sino que, por añadidura, recuerda un tiempo en que había menos intervención pública, en que la economía giraba en torno a la producción y no a la especulación, en que no hubo guerras interminables – Vietnam concluyó hace más de cuatro décadas – y en que los rostros que veían por la calle no eran extranjeros que están ocupando lo que consideran sus espacios vitales.  Piensan que su nación ha cambiado, que no lo ha hecho a mejor y que está siendo punto menos – o punto más – que invadida.  Para ellos, Trump es una esperanza de que América volverá a ser la América que conocieron y no la que, a su juicio, han ido desfigurando – y destruyendo – camarillas sin escrúpulos.

Ciertamente, las aspiraciones de los votantes potenciales de Trump – entre los que habría que incluir a los odiadores de Hillary – son contradictorias ya que no es posible ser aislacionista y, a la vez, seguir la política agresiva de los Bush y tampoco es posible defender el libre mercado y optar por el proteccionismo.  Sin embargo, la realidad es que esas contradicciones no van a contrarrestar la afluencia de votos.  Lo más verosímil es que todos los mencionados – y algunos más – votarán a Trump.