Puerto Rico y la crisis bajo la superficie

Fue un espectáculo inusual. Las manifestaciones populares forzaron la renuncia de Ricardo Rosselló, gobernador de Puerto Rico. Sin embargo, el núcleo central del conflicto permanece intacto. Aparentemente, las razones de este episodio tienen que ver con la corrupción del gobierno, pero esa no es toda la verdad. Esa es la superficie. Debajo, como un fantasma del siglo XIX, yace el problema del estatus: independencia, autonomía o estadidad plena. Unas veces las elecciones las ganan los “populares” y otras los “estadistas”. Hace 50 años sólo ganaban los autonomistas. El golpe definitivo contra los independentistas puertorriqueños lo asestó el Congreso de Estados Unidos. En 1917, les otorgó la ciudadanía norteamericana a todos los boricuas nacidos o por nacer en la Isla. Ninguno de estos datos objetivos niega los inmensos problemas que tiene la sociedad puertorriqueña: el consumo de drogas, la violencia relacionada con este flagelo, la enorme deuda externa o el tamaño proporcionalmente gigantesco de su sector público. ¿Qué ocurrirá, en definitiva, a partir de la renuncia de Rosselló? Pues nada. Todo seguirá igual hasta que, dentro de muchos años, el número de estadistas sobrepase con creces a los autonomistas y pidan decididamente la incorporación a Estados Unidos. Esa es la tendencia observable.

Bolivia y Nicaragua, franquicias del castrochavismo.

Tal parece que un número notable de políticos, dirigentes sociales, analistas, agencias internacionales veladoras por la gobernabilidad y los derechos humanos, además, de periodistas y medios de prensa, tienden a ignorar que Bolivia y Nicaragua son dos regímenes que cumplen al detalle las pautas del fracasado Socialismo del Siglo XXI, que incomprensiblemente sigue gobernando. La dictadura cubana por su particularidad transnacional, intentó por décadas montar franquicias en el continente. Daniel Ortega intentó copiar al carbón al régimen cubano. Evo Morales y su cuadrilla llegaron al poder y se han mantenido en el mismo gracias a la asistencia de Fidel Castro y Hugo Chávez. Bolivia y Nicaragua testimonian que las franquicias castrochavistas son viables, abscesos malignos que hay que erradicar de raíz y sin contemplaciones, al igual que a los focos de contaminación que los motiva.